miércoles, 6 de marzo de 2030
viernes, 14 de agosto de 2026
La marca de la inteligencia artificial
Desde el 2 de agosto comenzaron a aplicarse en la Unión Europea las obligaciones de transparencia del AI Act para contenidos generados o manipulados mediante inteligencia artificial. La intención es que esos contenidos puedan ser identificados mediante señales legibles por máquina y que, en casos específicos, como los deepfakes, exista además un etiquetado visible.
La noticia indica que si una máquina genera un contenido, debe dejar una huella. De lo que surge la pregunta: ¿qué significa realmente esa huella?
Anthropic, creadora de Claude, anunció que sus nuevos modelos incorporan marcas de agua invisibles en los textos generados y metadatos de procedencia en determinados archivos. La propia compañía reconoce que encontrar una marca no demuestra necesariamente quién creó el contenido. Claude puede intervenir para corregir, traducir, resumir o reorganizar un texto originalmente escrito por una persona. Y tampoco la ausencia de una marca demuestra que la inteligencia artificial no haya intervenido: la edición, paráfrasis o traducción pueden hacer que la señal desaparezca.
La tecnología ya comenzó a implementarse, pero su detección por terceros todavía está en desarrollo: no existe aún un detector universal que permita a un profesor o editor certificar que un texto fue generado por IA.
Por ejemplo: un estudiante puede escribir un ensayo y utilizar IA para corregir su redacción, mientras otro puede pedirle que escriba el ensayo completo y entregarlo como propio. En ambos casos hubo intervención de inteligencia artificial, pero los procesos no son equivalentes.
Una marca puede detectar una intervención tecnológica; no necesariamente puede determinar la autoría.
Me preocupa, entonces, que estamos construyendo herramientas cada vez más sofisticadas para detectar inteligencia artificial en un momento en el que todavía tenemos dificultades para comprender qué significa utilizarla.
Por su parte, OpenAI está trabajando en sistemas de procedencia digital como C2PA, una perspectiva que resulta interesante porque no busca únicamente establecer si algo es “humano” o “artificial”, sino aportar información sobre el origen y la historia de un contenido. La propia compañía reconoce que ninguna técnica de procedencia es infalible y que las señales pueden desaparecer.
De ahí surgen preguntas más útiles: ¿qué herramienta intervino?, ¿en qué momento?, ¿qué produjo?, ¿qué modificó la persona y quién responde por el resultado? No solamente: ¿esto lo hizo una IA?
Recordando a Umberto Eco y Apocalípticos e integrados, frente a los nuevos medios Eco identificaba dos posiciones extremas: quienes veían principalmente una amenaza y quienes los asumían como una oportunidad casi sin reservas.
Con la inteligencia artificial estamos repitiendo la discusión. Los apocalípticos anuncian el final del pensamiento y la creatividad. Los integrados celebran cada nueva herramienta como progreso inevitable.
Pero necesitamos algo más que esos dos extremos. Es necesario reconocer los usos irresponsables de la IA y, al mismo tiempo, evitar convertir la herramienta en una categoría moral. En un contexto donde todavía existen tantos prejuicios frente a su uso y donde la alfabetización digital no avanza al mismo ritmo que la tecnología, una marca creada para informar podría terminar convirtiéndose en una marca de vergüenza: una señal que no diga qué hizo la inteligencia artificial, sino que haga sospechar de quien la utilizó. La transparencia es necesaria, pero no debería convertirse en sospecha, ni mucho menos en estigma.
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¿Volver a aprender a ver TV?
Cuando Netflix apareció hace casi dos décadas cambió la idea de cómo se consume audiovisual. Expandió el concepto de que la televisión ya no tenía por qué depender de horarios, canales o parrillas de programación. El espectador, por primera vez, tendría el control absoluto: decidiría qué ver, cuándo verlo y en qué dispositivo hacerlo. La libertad de elección se convirtió en el principal argumento de venta del streaming.
Curiosamente es hoy la propia Netflix la que estudia incorporar canales lineales temáticos dentro de su plataforma, casi un regreso a lo que Umberto Eco llamó la Neo televisión, donde el objetivo ya no era un programa aislado, sino mantener al espectador inmerso en una experiencia continua. Una lógica que Raymond Williams había descrito años antes con el concepto de flujo (flow): la televisión no se consume programa por programa, sino como una corriente ininterrumpida que organiza el tiempo cotidiano. La diferencia es que ahora ese flujo ya no lo diseña únicamente un director de programación; también lo construyen los algoritmos.
Según The Wall Street Journal, la compañía evalúa crear señales continuas organizadas por géneros como documentales, comedia, contenidos infantiles o deportes y, además, ofrecer suscripciones a otras plataformas de streaming desde su propia aplicación, siguiendo un camino similar al que ya recorren Amazon Prime Video y Apple TV.
La noticia podría interpretarse con facilidad como un regreso a la televisión tradicional. Sin embargo, creo que lo que Netflix está recuperando es el ritual.
Durante años se ha dicho que elegir es sinónimo de libertad. Abrir una plataforma y encontrar miles de películas y series disponibles parecería el escenario perfecto para cualquier espectador. Sin embargo, con el tiempo afloró un problema que el antepasado análogo de Netflix ya había padecido: demasiadas opciones generan cansancio. La generación de los noventa recordará las vueltas interminables por los pasillos de los videoclubes antes de decidir qué película alquilar.
Hoy el escenario es distinto, pero la sensación es la misma. ¿Cuántas veces abrimos Netflix para terminar dedicando más tiempo a buscar que a ver algo? La abundancia terminó produciendo lo que la psicología denomina fatiga de decisión: llega un momento en que elegir deja de ser un privilegio para convertirse en una carga.
En ese contexto, los canales lineales que propone implementar Netflix no representan un retroceso tecnológico. Son una respuesta a un comportamiento humano. No siempre queremos decidir. Muchas veces solo queremos sentarnos frente a una pantalla y dejar que algo empiece. La televisión aprovechó ese ritual durante décadas, mientras el streaming lo reemplazó por una sucesión permanente de decisiones.
Pero detrás de este movimiento también hay una lógica empresarial. Hoy el reto de Netflix ya no es únicamente conseguir nuevos suscriptores, sino lograr que permanezcan más tiempo dentro de la plataforma. Un canal lineal reduce la fricción de la elección, prolonga el tiempo de visualización y permite rentabilizar mejor un catálogo que ya existe. Una serie o un documental pueden encontrar nuevas audiencias simplemente porque alguien llegó a ellos mientras el canal seguía su curso.
Siempre lo he dicho: La televisión no ha muerto, solo se sigue transformando.
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El aula un templo
Ejerzo la docencia de manera interrumpida desde agosto del año 2001, cuando orienté mi primera catedra llamada "Medios de comunicación", en la Escuela de Administración y Mercadotecnia del Quindío (EAM). Es decir que han pasado 25 años desde aquella primera experiencia.
Hay una sensación ritual, casi religiosa al ingresar a un salón de clases o un laboratorio, me pasa igual cuando piso un escenario -a un teatro me refiero- se siente un vacío en el estómago y una suerte de luz arropa el espacio. No exagero, me sucede cada vez que ocupo esos lugares. Esa sensación, me hace pensar en el aula como un templo, un lugar que invita a adaptarse a sus reglas, que es visitado por convicción y que llama al uso ritual.
No es una metáfora caprichosa. Mircea Eliade, el historiador de las religiones que documentó la experiencia de lo sagrado, sostenía que todo ritual necesita un territorio propio, un "espacio consagrado, esencialmente distinto del espacio secular”. El aula, bien mirada, cumple esa condición: se entra a ella con un propósito que la separa del resto del edificio, del resto del día. La filósofa María Zambrano llegó a una conclusión parecida desde otro lugar, el de la poesía: para ella el aula era "un espacio propiamente humano o más bien humanizado… un espacio, diríamos, poético". No un contenedor neutro de pupitres, sino un lugar donde ocurre algo que trasciende la simple transmisión de información.
Durante todos estos años de enseñanza he sido testigo de cómo esa relación con el espacio ha cambiado. Y entiendo que ese cambio es natural… esperable. En ese sentido el filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica en su libro La desaparición de los rituales que la digitalización nos ha dejado hiperconectados pero solos, porque produce lo que él llama “comunicación sin comunidad”. No es que los estudiantes de hoy sean peores ni más indiferentes; es que habitan un tiempo donde la conexión ya no se experimenta con el cuerpo presente en un lugar, sino a través de una pantalla que los acompaña incluso cuando están sentados uno al lado del otro.
Byung-Chul Han afirma que los rituales antiguos generaban comunidad sin necesidad de palabras, por pura copresencia corporal, y que ese tejido se está deshilachando en todas partes, no solo en el aula.
Ese es el detonante de esta columna: que el aula se transforme es coherente con la época. Sería ingenuo pedirle a un salón de clases del 2026 que funcione como el de 2001.
Pero coherente no es sinónimo de correcto. Que un estudiante entre al templo y en lugar de mirar a quien tiene al frente mire su teléfono, que veinte cuerpos ocupen el mismo espacio sin que haya entre ellos conexión visual sostenida, no es una actualización de las formas, es, más bien, una degradación del sentido mismo del lugar. El pedagogo Peter McLaren planteaba que el aula siempre ha sido un territorio en el cual se dirimen, en términos simbólicos, conflictos de clase, étnicos y generacionales. Hoy se dirime también, y de manera silenciosa, un conflicto entre la presencia y la desconexión.
Por eso pienso que el aula debería seguir siendo sagrada, no en el sentido religioso de la palabra, sino en el sentido que le daban Eliade y Zambrano: un lugar aparte, con sus propias reglas, que exige de quien lo habita una entrega distinta a la que exige cualquier otro espacio. Aceptar que cambie no puede significar resignarse a que se vacíe.
Escribo esto a puertas de un nuevo semestre, en el mismo tiempo en que se cumplen 25 años de aquella primera clase. El lunes, cuando vuelva al aula y me encuentre con mis estudiantes, lo haré con la misma reverencia de la primera vez y me esforzaré porque se enamoren del ritual.
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viernes, 24 de julio de 2026
El Congreso frente a la IA
Con la instalación del nuevo Congreso parece pertinente mirar hacia un viejo proyecto: la ley de inteligencia artificial, que Lleva más de un año recorriendo el trámite legislativo sin convertirse todavía en norma, tiempo suficiente para que el país hubiera madurado el debate. Sin embargo, da la impresión de que seguimos discutiendo la pregunta equivocada: cómo regular una tecnología que Colombia todavía ni siquiera sabe producir.
Lo curioso es que el propio Gobierno ya había hecho un diagnóstico mucho más sensatosobre la el papel de la IA en Colombia. En febrero de 2025 aprobó el CONPES 4144, la nueva Política Nacional de Inteligencia Artificial, y allí reconoció que el principal problema de Colombia no es el exceso de IA, sino la falta de capacidades para desarrollarla y aprovecharla. El documento identifica baja inversión en investigación, escasez de talento digital, infraestructura computacional insuficiente, poca disponibilidad de datos de calidad y bajo nivel de adopción empresarial de esta tecnología.
La conclusión del CONPES es que el país necesita crear condiciones para investigar, innovar, formar talento y usar la IA de manera ética y sostenible. Por eso organiza la política alrededor de seis ejes, donde la mitigación de riesgos es apenas uno entre varios componentes de una estrategia más amplia de desarrollo tecnológico.
Sin embargo, tres meses después, el Gobierno radicó en el Senado un proyecto de ley que parece partir de una premisa distinta: que el principal desafío nacional consiste en controlar una tecnología potencialmente peligrosa. El texto propone clasificar los sistemas de IA según niveles de riesgo, imponer obligaciones de transparencia, crear mecanismos de supervisión y establecer procedimientos y sanciones por afectaciones a derechos fundamentales. Además, toma como referencia explícita la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea y su arquitectura regulatoria basada en categorías de riesgo.
Vale la pena preguntarse ¿En qué están pensando realmente los legisladores?
Porque una cosa es proteger derechos fundamentales y otra muy distinta es importar el marco regulatorio de Bruselas como si Colombia fuera una potencia tecnológica comparable a Alemania o Francia. La Unión Europea regula una industria que produce modelos, plataformas y servicios de IA a escala global. Colombia, en cambio, todavía está tratando de construir infraestructura, formar ingenieros y lograr que las empresas usen herramientas básicas de automatización.
Es como si un país sin astilleros decidiera empezar por regular la exportación de portaaviones.
Y allí aparece una contradicción que el propio Estado no parece advertir. El diagnóstico técnico indica que "necesitamos capacidades", en contradicción con la propuesta legislativa que manifiesta que "necesitamos controles". El riesgo de esa inversión de prioridades es gigante. Una regulación compleja puede ser manejable para las grandes multinacionales tecnológicas, pero suele convertirse en una barrera para universidades, startups y pequeñas empresas locales, que son precisamente las que el CONPES pretende fortalecer.
Tanto el proyecto de ley como buena parte del debate público colombiano parecen obsesionados con los escenarios más alarmistas: vigilancia biométrica, manipulación masiva, decisiones automatizadas opacas. Esos riesgos existen y deben ser atendidos, pero no son hoy el problema más urgente del país en términos de IA.
El Congreso todavía está a tiempo de corregir el rumbo. La cuestión no debería ser cómo adaptar la regulación europea, sino cómo diseñar un marco proporcional al estado real del ecosistema colombiano. Una buena ley de IA para Colombia tendría, a mi juicio, dentro de sus prioridades: Presupuesto, fortalecer talento, facilitar experimentación responsable y proteger derechos en usos sensibles como salud, empleo y seguridad. Lo demás puede desarrollarse gradualmente, a medida que exista una industria nacional que valga la pena regular.
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