miércoles, 6 de marzo de 2030
lunes, 8 de junio de 2026
Estos son mis principios…
Hay dos frases que definen a la política nacional. La primera suele atribuirse a Maquiavelo-aunque no la escribió tal cual, sí está en el espíritu de su obra-: “el fin justifica los medios”. La segunda la popularizó el cómico Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.
Ambas describen un fenómeno tan antiguo como la política misma: la facilidad con que las convicciones se vuelven flexibles cuando se alcanza el poder.
Mientras se está en la oposición, los principios parecen sólidos. Se denuncian los abusos, se exigen límites institucionales y se condena cualquier exceso del gobernante de turno. Todo parece muy claro cuando el poder está en manos del adversario.
El problema aparece cuando hay que gobernar.
Entonces, lo que ayer era intolerable se vuelve comprensible. Lo que antes era una amenaza para la democracia pasa a ser una herramienta legítima. Lo que era propaganda se transforma en pedagogía. Lo que era participación indebida en política se convierte en liderazgo. Los hechos dejan de juzgarse por lo que son y empiezan a evaluarse según quién los ejecuta.
La vara moral cambia de longitud.
Si el adversario cuestiona las instituciones, es un peligro para la democracia. Si lo hace el propio bando, es una defensa de la democracia. Si los otros fomentan la confrontación, generan odio. Si lo hacen los nuestros, están resistiendo. El principio universal se reduce a la causa, a la ideología, a la secta. Entonces, ahora lo que antes les producía asco pasa a representar una causa tan noble que merece excepciones éticas.
Estamos llenos de ejemplos de partidos que llegaron prometiendo una cosa y terminaron haciendo exactamente lo contrario. La prometida transformación de la salud derivó en una crisis cada vez más profunda. La "Paz Total" terminó coexistiendo con más masacres, menos control territorial y una mayor capacidad de acción de los grupos armados. Sus promotores terminaron convencidos de que sus objetivos justificaban cualquier método.
Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario. Los medios terminan moldeando el fin. Una democracia defendida mediante prácticas antidemocráticas acaba pareciéndose poco a una democracia. Una verdad sostenida mediante la manipulación termina perdiendo su condición de verdad.
Los medios además de ser instrumentos son parte del resultado.
Quizá por eso una de las señales más preocupantes de nuestro tiempo no sea la existencia de políticos contradictorios. Siempre los ha habido. Lo verdaderamente preocupante es la existencia de ciudadanos que celebran las contradicciones cuando provienen de quienes piensan igual que ellos.
Muchos ya no defienden principios. Defienden ídolos.
Y cuando la lealtad al líder reemplaza la lealtad a los valores, cualquier incoherencia encuentra justificación. No importa si se trata de la derecha o de la izquierda, del gobierno o de la oposición.
¿Cuándo dejamos de preguntarnos si algo está bien o está mal, para enfocarnos únicamente en quién lo hizo?
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martes, 19 de mayo de 2026
¿Para qué existe la universidad?
La Universidad de Yale publicó hace unas semanas un informe incómodo y profundamente autocrítico sobre la pérdida de confianza en la educación superior. Y aunque fue escrito pensando en Estados Unidos, muchas de sus conclusiones parecen redactadas mirando cualquier campus latinoamericano.
El documento parte de la idea de que la universidad dejó de ser percibida como un lugar dedicado a crear y transmitir conocimiento. En el intento de ser todo al mismo tiempo: escenario político y moral, marca global y centro de entretenimiento terminó diluyendo su propósito esencial.
No es difícil darles la razón.
Durante años muchas universidades han confundido formación crítica con militancia permanente. Convertir cualquier discusión académica en una batalla ideológica no ha fortalecido el pensamiento crítico; más bien lo acota. A más activismo, menos tiempo para la academia.
El informe de Yale insiste en que la misión universitaria debe volver a centrarse en la enseñanza y la investigación. Esa -creo yo- es la discusión urgente: investigar más, investigar mejor y fortalecer la investigación formativa. Porque muchos estudiantes llegan hoy sabiendo consumir información, pero no necesariamente producir conocimiento.
Además, la propia IA está mostrando un límite importante, el internet muerto, en en perspectiva con las declaraciones de Altman el CEO de OpenAI son contundentes, el conocimiento enciclopédico de la IA ya se agotó, se requiere campo para renovarlo, y para eso se necesitan investigadores que salgan a recolectar datos.
Donde me distancio en el informe es en su propuesta de restringir drásticamente la tecnología en las aulas. Yale recomienda una política de “cero dispositivos”: sin celulares, portátiles o tabletas. La motivación es comprensible. Los profesores describen estudiantes físicamente presentes pero mentalmente atrapados en TikTok, WhatsApp y el scrollinfinito. -Confieso que me pasa y me decepciona- Tengo uno que lleva el computador y juega con control y todo en la clase. Pero prohibir la tecnología sería como intentar vaciarel océano con un balde.
La tarea universitaria no consiste en expulsar la tecnología del aula sino en enseñarle al estudiante a convivir críticamente con ella. Apropiarla, comprenderla, dominarla.
La inteligencia artificial y las plataformas digitales no son una moda pasajera: son el entorno en el que nuestros estudiantes van a vivir y trabajar.
El problema no es el computador abierto. El problema es una generación que nunca aprendió a concentrarse.
El informe toca otra herida: la caída de la exigencia académica. Muchos estudiantes llegan menos preparados para la frustración y con menor tolerancia al esfuerzo sostenido. Leer completo parece excesivo. Profundizar es castigo. Y escribir sin ChatGPT empieza a sentirse casi como una tortura.
Tal vez sí llegó la hora de aumentar nuevamente el grado de exigencia. No por nostalgia profesoral, sino porque el conocimiento serio sigue requiriendo tiempo, atención y disciplina. A mí personalmente me afecta. Mi estilo pedagógico parte de otra premisa: la de enseñar al que quiere aprender, de hacerlo con respeto y con amor, también con flexibilidad responsable. Pero los límites se están alcanzado.
Si el aula pierde la capacidad de formar personas capaces de concentrarse, argumentar y cuestionar, entonces el problema ya no será político. Será civilizatorio.
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Rock nuevo para viejos
Hay algo sospechoso, y por eso mismo interesante, en las listas de recomendaciones. Más aún cuando vienen de alguien como Enrique Bunbury, que ha visto pasar varias “resurrecciones del rock” sin inmutarse. Cuando él señala bandas jóvenes que reviven el rock conviene escucharlas… pero también desconfiar un poco. Porque el rock lleva veinte años “volviendo”, mejor dicho no se ha ido.
Algo sí está pasando cuando aparecen bandas como Geese, quizá la más incómoda de todas. Según las críticas, su propuesta es caótica, ansiosa, fragmentada. En vivo, esa sensación se hace intensa: ruido, tensión, teatralidad. Suenan potente y con un estilo alquenos podemos acomodar los que nos quedamos en el rock de los 80. Su canción más popular en Spotify es “Au Pays du Cocaine”
Más consolidados están Fontaines D.C.. Su caso es particular: una crítica casi unánime a su favor sin caer en lo complaciente. Un post-punk literario, oscuro, donde la palabra pesa tanto como el sonido. Han entendido algo clave: el rock no necesita gritar para ser político.Su canción más popular en Spotify es “I love You”
En el extremo opuesto está IDLES, donde todo es exceso. Energía, activismo. Son una banda física que en directo arrolla. Ellos cargan con su propia concepción del mundo: una postura ideológica que a veces, para mi gusto, es demasiado explícita. Aun así, los sostieneque creen en lo que dicen. Son auténticos. Su canción más popular en Spotify es “The Godof Lying”.
Finalmente, Wet Leg, que reprentan el juego que terminó siendo verdad. Nacieron con ligereza, casi como una ocurrencia, pero rápidamente demostraron que había algo más. Su música combina sarcasmo, deseo y una despreocupación calculada. Con unos ritmos que atrapan y una voz femenina casi desganada que coquetea en el susurro. Su canción más popular en Spotify es “Mangetout”.
¿Qué une a todas estas bandas?
No es un sonido homogéneo. Es una actitud.
Ninguna intenta “salvar el rock”, aunque la crítica insista en esa narrativa perezosa. Más bien lo deforman, lo llevan a sus terrenos, lo contradicen. Unas desde el ruido, otras desde la poesía, otras desde la ironía.
Gracias a Bunbury por su música y por su buen criterio curatorial, estas bandas -que no conocía- lograron sacarme del heavy metal de los 80 por un momento y refrescar mi playlist. Espero que a ustedes amables lectores les pase igual.
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