Descargue Carmesí

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Carmesí es un libro ilustrado de Microcuentos, disponible bajo licencia Creative Commons 4.0 (CC,BY) escrito por Jorge Urrea. Siéntase libre de Descargarlo y compartirlo

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Común-mente Episodio 1 - Temporada 1

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domingo, 22 de febrero de 2026


Fachadas.
Coloridas pero vacías.
Y no estoy hablando de casas
.

Escuchar para imaginar

 Hay algo profundamente mágico en cerrar los ojos y escuchar. En medio de una cultura saturada de pantallas, la experiencia sonora conserva una potencia singular: no compite por la mirada, sino que habita el tiempo. Cada 13 de febrero, el Día Mundial de la Radio ofrece una ocasión para pensar ese fenómeno que nació como tecnología y terminó convirtiéndose en lenguaje.

 

Aunque ya no puede afirmarse sin matices que la radio sea el medio más usado del mundo —especialmente en un ecosistema atravesado por internet y plataformas digitales— sí es posible sostener con fundamento que continúa siendo uno de los dispositivos comunicativos de mayor alcance social, particularmente por su bajo costo, su accesibilidad y su capacidad de operar en contextos de emergencia, ruralidad o desigualdad tecnológica.

 

Sin embargo, reducir la radio a su cobertura sería empobrecer la discusión. La radio nació como sistema de transmisión, pero pronto produjo algo más profundo: una narrativa propia. Lo radiofónico no se limita al soporte hertziano ni al aparato receptor; constituye una forma específica de organizar la experiencia a partir del sonido.

 

Los estudios sobre las mediatizaciones sonoras han señalado que la teoría de la comunicación privilegió durante décadas la escritura y la imagen, relegando el sonido a un lugar secundario.

 

Esa desatención no es menor. El oídoese sentido siempre abiertoproduce modos de percepción, memoria y sociabilidad distintos a los de la vista. Escuchar no es simplemente oír: es construir sentido en ausencia de imagen.

 

La radio consolidó génerosel informativo, el radioteatro, el relato deportivo, el magazine,que estructuraron rutinas colectivas durante el siglo XX. Pero su aporte decisivo fue la configuración de un lenguaje basado en la voz, el silencio, la música, el efecto sonoro y el montaje. Con recursos mínimos, fue capaz de recrear escenarios completos y activar la imaginación del oyente. En esa operación reside su potencia cultural: el sonido no ilustra la realidad, la produce simbólicamente.

 

Hoy, en la era del pódcast, el streaming y los asistentes de voz, lo radiofónico ha desbordado su canal original. La digitalización no supone su desaparición, sino su reconfiguración. Persisten la centralidad de la voz, la intimidad de la escucha mediante auriculares y la capacidad de construir mundos posibles a partir de lo sonoro. Cambian los dispositivos; permanece la lógica discursiva.

Así, la propia UNESCO ha subrayado que la radio conserva un papel relevante en la promoción del debate democrático y la diversidad de voces.

 

Ese reconocimiento trasciende la tecnología y dirige la atención a la radio como espacio de escucha pública.

Celebrar la radio, entonces, no es un gesto nostálgico. Es identificar que, más allá de las pantallas y las métricas digitales, seguimos necesitando relatos que entren por el oído y nos obliguen a imaginar. 

 

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Vanguardia algorítmica

 En el debate actual sobre inteligencia artificial, el término modelos frontera aparece cada vez con más frecuencia. Se usa para referirse a los sistemas más avanzados del momento, pero también funciona como una etiqueta cargada de poder: tecnológico, económico y político. Hablar de modelos frontera no es solo hablar de innovación, sino de quién marca los límites de lo posible.

 

En términos simples, un modelo frontera es un sistema de IA de uso general entrenado con enormes volúmenes de datos y capacidad de cómputo, capaz de rendir al más alto nivel en muchas tareas a la vez: escribir, programar, razonar, analizar imágenes o tomar decisiones complejas. Su rasgo distintivo no es solo la potencia, sino la aparición de comportamientos emergentes: habilidades que no fueron programadas explícitamente y que surgen con la escala, como el razonamiento en varios pasos o la planificación autónoma.

Durante años, la idea dominante fue que avanzar en IA significaba construir modelos cada vez más grandes. Hoy esa visión empieza a resquebrajarse. La frontera ya no es una sola. Se ha fragmentado.

 

Por un lado, sigue existiendo una frontera de rendimiento, liderada por grandes modelos propietarios que empujan el techo de la inteligencia artificial. Pero junto a ella aparecen otras fronteras igual de relevantes. La frontera de la eficiencia, donde se demuestra que mejores diseños pueden lograr resultados comparables con muchos menos recursos. La frontera de los costos, que pone el foco en cuánta inteligencia es viable a gran escala. Y la frontera multimodal, que exige modelos capaces de comprender texto, imágenes, audio y video de forma integrada.

 

Este cambio tiene consecuencias importantes. La inteligencia artificial ya no se mide solo por lo que un modelo puede hacer en condiciones ideales, sino por qué tan accesible, sostenible y útil es en contextos reales. En otras palabras: importa tanto la inteligencia como el precio, la energía y el control.

 

Aquí entra en juego la diferencia entre modelos cerrados y modelos de peso abierto. Los primeros siguen ofreciendo el máximo rendimiento y una experiencia más controlada. Los segundos, en cambio, ganan terreno por razones prácticas: menor costo, mayor control sobre los datos y posibilidad de adaptación local. En muchos usos cotidianos, la diferencia de desempeño es mínima frente a las ventajas operativas.

Por eso, cada vez más organizaciones optan por enfoques híbridos: modelos cerrados para tareas críticas y exploratorias; modelos abiertos para producción, escala y cumplimiento normativo. 

 

Aunque estos avances suelen alimentar fantasías sobre una IA autónoma y fuera de control, el riesgo real no está en máquinas conscientes, sino en la delegación silenciosa de decisiones humanas a sistemas cada vez más opacos. También plantean preguntas incómodas sobre concentración de poder y regulación. 

 

Con todo eso, evitar tanto el alarmismo como la fascinación ciega es clave.

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Un formato III

 En las dos columnas anteriores propuse leer la fusión entre Caracol Radio y La W no como un hecho coyuntural, sino como la continuidad de un formato y de una relación con la audiencia. Para cerrar la serie, vale la pena dar un paso más: entender este movimiento como parte de una transformación más profunda de la radio y de sus mediaciones.

 

El Grupo Prisa parece haber comprendido que la transformación digital no se reduce a estar en redes o a replicar contenidos en otras pantallas. Se trata de un tránsito progresivo de canal, soporte y medio: de las ondas hertzianas a la nube. La radio ya no se concibe solo como frecuencia, sino como ecosistema.

 

Ese cambio incluso se expresa en lo simbólico. El paso del logo de Caracol de círculos cerrados a semicírculos abiertos no es solo un ajuste gráfico: sugiere apertura, tránsito y, lo más obvio, la representación de la nube con el ícono Wifi. La radio deja de ser un sistema cerrado para convertirse en un flujo que se completa en otros espacios, especialmente en lo digital.

 

En ese contexto, la fusión también abre espacio para contenidos pensados directamente para el entorno en línea. El promover la sintonía del video streaming (visual radio)y respecto a las frecuencias tradicionales, privilegiar la radio hablada en la señal básica y desplazar la radio musical, se empujade manera deliberada, a una parte de la audiencia hacia la app. No es una decisión inocente: se busca formar hábitos digitales, construir audiencias propias en plataformas y modificar rutinas de escucha.

 

Aquí aparece un punto clave de mediación. La industria ha identificado que la audiencia no quiere solo playlists infinitas. Quiere compañía, calidez humana, voces que hablen, que acompañen, que construyan vínculo. Por eso los DJs vuelven a ser centrales incluso en entornos virtuales. No es casual que Spotify haya creado DJs artificiales -la plataformaentiende que la música sin mediación humana no basta-.

 

La radio hablada, en ese sentido, se convierte en un refugio frente a la automatización total. No solo informa: acompaña, ordena el día, produce cercanía. Eso explica por qué el formato de Julio Sánchez Cristo no solo resiste la fusión, sino que se potencia en ella.

 

También explica por qué Julio ha intensificado su presencia en plataformas digitales, a las que durante años fue reacio. 

Hoy construir y explotar canales propios no es solo una estrategia de expansión, sino de blindaje. Ante una eventual caída o debilitamiento del medio tradicional, el conductor ya no depende exclusivamente de la emisora: se suma a esa nueva generación de realizadores que son el medio, apoyados en los canales que ofrecen las plataformas.

 

Sin embargo, este proceso no está exento de pérdidas. La fusión ha tenido efectos territoriales poco discutidos, como la desaparición de frecuencias musicales adulto contemporáneas en regiones como el Quindío, donde, en un mercado reducido y dominado por música popular y tropical, un segmento de la audiencia queda desatendido. A esto se suma un cambio en los hábitos de escucha: La radio tradicional sigue siendo fuerte en el carro y la migración a la app exige más pasos y mayor atención, complejizando la experiencia en movilidad y obligando a las cadenas a educar a la audiencia en el uso de lasplataformas.

 

Entre el aire y la nube, entre la costumbre y el algoritmo, lo que sigue marcando la diferencia es la relación humana que se construye con la audiencia. Y en esa transición, algunos formatos —y algunos conductores— llegan mejor preparados que otros.

 

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