Descargue Carmesí

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Carmesí es un libro ilustrado de Microcuentos, disponible bajo licencia Creative Commons 4.0 (CC,BY) escrito por Jorge Urrea. Siéntase libre de Descargarlo y compartirlo

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martes, 19 de mayo de 2026

El hijo de Rana y el hijo de...


 

¿Para qué existe la universidad?

 La Universidad de Yale publicó hace unas semanas un informe incómodo y profundamente autocrítico sobre la pérdida de confianza en la educación superior. Y aunque fue escrito pensando en Estados Unidos, muchas de sus conclusiones parecen redactadas mirando cualquier campus latinoamericano.

 

El documento parte de la idea de que la universidad dejó de ser percibida como un lugar dedicado a crear y transmitir conocimiento. En el intento de ser todo al mismo tiempo: escenario político y moral, marca global y centro de entretenimiento terminó diluyendo su propósito esencial.

 

No es difícil darles la razón.

Durante años muchas universidades han confundido formación crítica con militancia permanente. Convertir cualquier discusión académica en una batalla ideológica no ha fortalecido el pensamiento crítico; más bien lo acotaA más activismo, menos tiempo para la academia.

 

El informe de Yale insiste en que la misión universitaria debe volver a centrarse en la enseñanza y la investigación. Esa -creo yo- es la discusión urgente: investigar más, investigar mejor y fortalecer la investigación formativa. Porque muchos estudiantes llegan hoy sabiendo consumir información, pero no necesariamente producir conocimiento.

 

Además, la propia IA está mostrando un límite importante, el internet muerto, en en perspectiva con las declaraciones de Altman el CEO de OpenAI son contundentes, el conocimiento enciclopédico de la IA ya se agotó, se requiere campo para renovarlo, y para eso se necesitan investigadores que salgan a recolectar datos

 

Donde me distancio en el informe es en su propuesta de restringir drásticamente la tecnología en las aulas. Yale recomienda una política de “cero dispositivos”: sin celulares, portátiles o tabletas. La motivación es comprensible. Los profesores describen estudiantes físicamente presentes pero mentalmente atrapados en TikTok, WhatsApp y el scrollinfinito. -Confieso que me pasa y me decepciona- Tengo uno que lleva el computador y juega con control y todo en la clase. Pero prohibir la tecnología sería como intentar vaciarel océano con un balde.

 

La tarea universitaria no consiste en expulsar la tecnología del aula sino en enseñarle al estudiante a convivir críticamente con ella. Apropiarla, comprenderla, dominarla. 

 

La inteligencia artificial y las plataformas digitales no son una moda pasajera: son el entorno en el que nuestros estudiantes van a vivir y trabajar.

El problema no es el computador abierto. El problema es una generación que nunca aprendió a concentrarse.

 

El informe toca otra herida: la caída de la exigencia académica. Muchos estudiantes llegan menos preparados para la frustración y con menor tolerancia al esfuerzo sostenido. Leer completo parece excesivo. Profundizar es castigo. Y escribir sin ChatGPT empieza a sentirse casi como una tortura.

 

Tal vez sí llegó la hora de aumentar nuevamente el grado de exigencia. No por nostalgia profesoral, sino porque el conocimiento serio sigue requiriendo tiempo, atención y disciplina. A mí personalmente me afecta. Mi estilo pedagógico parte de otra premisa: la de enseñar al que quiere aprender, de hacerlo con respeto y con amor, también con flexibilidad responsable. Pero los límites se están alcanzado. 

 

Si el aula pierde la capacidad de formar personas capaces de concentrarse, argumentar y cuestionar, entonces el problema ya no será político. Será civilizatorio.

 

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Rock nuevo para viejos

 Hay algo sospechosoy por eso mismo interesante, en las listas de recomendaciones. Más aún cuando vienen de alguien como Enrique Bunbury, que ha visto pasar varias “resurrecciones del rock” sin inmutarse. Cuando él señala bandas jóvenes que reviven el rock conviene escucharlas… pero también desconfiar un poco. Porque el rock lleva veinte años “volviendo”, mejor dicho no se ha ido.

 

Algo sí está pasando cuando aparecen bandas como Geese, quizá la más incómoda de todas. Según las críticas, su propuesta es caótica, ansiosa, fragmentada. En vivo, esa sensación se hace intensa: ruido, tensión, teatralidad. Suenan potente y con un estilo alquenos podemos acomodar los que nos quedamos en el rock de los 80. Su canción más popular en Spotify es “Au Pays du Cocaine

 

Más consolidados están Fontaines D.C.. Su caso es particular: una crítica casi unánime a su favor sin caer en lo complaciente. Un post-punk literario, oscuro, donde la palabra pesa tanto como el sonido. Han entendido algo clave: el rock no necesita gritar para ser político.Su canción más popular en Spotify es “I love You

 

En el extremo opuesto está IDLES, donde todo es exceso. Energía, activismo. Son una banda física que en directo arrolla. Ellos cargan con su propia concepción del mundo: una postura ideológica que a veces, para mi gusto, es demasiado explícita. Aun así, los sostieneque creen en lo que dicen. Son auténticos. Su canción más popular en Spotify es “The Godof Lying”.

 

Finalmente, Wet Leg, que reprentan el juego que terminó siendo verdad. Nacieron con ligereza, casi como una ocurrencia, pero rápidamente demostraron que había algo más. Su música combina sarcasmo, deseo y una despreocupación calculada. Con unos ritmos que atrapan y una voz femenina casi desganada que coquetea en el susurro. Su canción más popular en Spotify es “Mangetout”.

 

¿Qué une a todas estas bandas?

No es un sonido homogéneo. Es una actitud.

Ninguna intenta “salvar el rock”, aunque la crítica insista en esa narrativa perezosa. Más bien lo deforman, lo llevan a sus terrenos, lo contradicen. Unas desde el ruido, otras desde la poesía, otras desde la ironía.

 

Gracias a Bunbury por su música y por su buen criterio curatorial, estas bandas -que no conocía- lograron sacarme del heavy metal de los 80 por un momento y refrescar mi playlist. Espero que a ustedes amables lectores les pase igual.

 

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La contraseña es incorrecta

 Hay dos certezas en la vida moderna: uno no sabe qué va a almorzar mañana… y tampoco sabe su contraseña hoy.

 

El drama empieza en casa. La mamá frente al computador:
—“¿Cuál era la clave?”
Uno responde con seguridad de experto en ciberseguridad de barrio:
—La de siempre, mamá.
—“¿La de siempre? – ¡Tú la creaste…!
Silencio. Crisis. Colapso del sistema.

 

Porque en este mundo uno no tiene una contraseña. Tiene un batallón de claves:la del banco, la del correo, la del correo de recuperación del correo, la del Netflix, la del WiFi que nunca funciona, la del portal institucional que pide cambiarla cada ocho días “por seguridad”… o por sadismo.

Y entonces aparece el método científico colombiano:
“123456”… no.
“1234567”… tampoco.
“12345678”… ahora sí… pero no.
“12345678_1”… acceso concedido.

 

El Día Mundial de la Contraseña existe, créalo o no. Se celebra el primer jueves de mayo desde 2013, impulsado por la industria tecnológica para recordarnos algo básico: que nuestras claves son la puerta de nuestra vida digital.
Es decir: que estamos cerrando la casa… pero dejando la llave puesta por fuera.

 

La idea nació de un libro de seguridad informática (sí, alguien leyó eso voluntariamente) y luego empresas como Intel decidieron oficializar el asunto para crear conciencia .
Conciencia que, por supuesto, no funciona, porque la contraseña más usada sigue siendo algo digno de jardín infantil: “123456”.


Un ser humano promedio puede manejar más de 200 credenciales distintas. !Doscientas!Por eso muchos terminan haciendo lo mismo: una contraseña base… y variaciones creativas que harían llorar a cualquier hacker profesional:

• Contraseñacontraseña1contraseña12contraseña12! 

 

hay quién siente que está burlando al FBI.

 

El problema es que, según estudios, la mayoría de ataques exitosos no ocurren porque el hacker sea un genio, sino porque somos previsibles.


Es decir: El enemigo no está afuera. Está en “qwerty”.

Ahora, ¿cómo sobrevivir a este tsunami de claves sin terminar usando la cédula al revés?

Uno: no use la misma contraseña para todo.
Sí, ya sé que lo hace, pero, Es el equivalente digital de usar la misma llave para la casa, el carro y la caja fuerte.

DosMás larga gana.
Olvídese de símbolos raros tipo jeroglífico. Una frase larga es más segura que un Frankenstein de signos.

Tres: acepte su destino.
Va a olvidar contraseñas. Es parte de la condición humana contemporánea, como buscar el celular mientras lo tiene en la mano.

Y entonces uno termina en el ritual final:
“¿Olvidó su contraseña?”
Sí.
“Cree una nueva.”
Listo.
“La nueva contraseña no puede ser igual a las anteriores.”

Ahí es donde uno entiende la dimensión existencial de la ciberseguridad.

 

El Día Mundial de la Contraseña no celebra la seguridad.
sino, más bien la derrota. La derrota de la memoria, de la lógica y, sobre todo, de la confianza.

Nos vemos en la red (si logro entrar).

 

La Serrezuela






 

Arte sin prontuario

 Hay escándalos que no nacen del hecho, sino de la incoherencia.

 

En el Quindío, algunos han decidido indignarse porque una obra de Rodrigo Arenas Betancourt vuelve a su lugar de origen. No por su calidad, no por su significado artístico, sino por quien la encargó hace muchos años: Carlos Lehder.

 

¿Puede una obra de arte quedar condenada a perpetuidad por el prontuario de quien la pagó?

Curiosamente, muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras han defendido la reintegración política de excombatientes, la segunda oportunidad como principio democrático, incluso la idea de que la sociedad no puede vivir anclada al castigo eterno – verbigracia las curules regaladas a las Farc-. Pero en este caso, esa convicción parece evaporarse. Entonces ya no hay reintegración posible. Ya no hay matices. Soloseñalamiento.

 

El problema de fondo no es la estatua. Es la doble moral.

Desde hace décadas, la teoría del arte ha insistido en separar la obra de su origen. Roland Barthes lo planteó con claridad al hablar de la “muerte del autor”: el sentido de una obra no está atado a la biografíani a las culpas, de quien la produjo o la financió. Theodor W. Adorno, por su parte, defendía la autonomía del arte frente a los juicios morales externos: cuando reducimos una obra a su contexto, dejamos de interpretarla y empezamos a censurarla.

 

La historia del arte, de hecho, está llena de zonas incómodas. Caravaggio fue un criminal. Richard Wagner un antisemita feroz. Y, sin embargo, sus obras siguen siendo estudiadas, interpretadas y admiradas. No porque se justifique su conducta, sino porque el valor artístico no se agota en la moral de sus protagonistas -ni de sus mecenas-.

 

Pretender que una escultura de Arenas Betancourt es, en sí misma, una exaltación del narcotráfico es una simplificación perversa. Es confundir origen con significado. Es asumir que el arte no puede transformarse, resignificarse, desprenderse de su contexto inicial.

 

Y eso es, en el fondo, negar la posibilidad misma de la cultura.

Porque si vamos por ese camino, tendríamos que revisar buena parte del patrimonio universal: obras financiadas por imperios, por iglesias corruptas, por élites cuestionables. ¡El arte no debe tener prontuario!

 

Aquí hay, además, una contradicción más profunda. Si la sociedad cree en la justicia restaurativa —en que alguien que ha pagado su deuda puede reinsertarse—, esa lógica no puede aplicarse de manera selectiva. No puede celebrarse en el escenario político y rechazarse en el cultural. No puede aplaudirse cuando produce votos, pero escandalizar cuando devuelve una escultura.

 

Porque entonces no estamos ante una postura ética. Estamos ante conveniencia moral.

 

La obra de Arenas Betancourt no es Lehder. Tampoco es su pasado. Es, hoy, un objeto cultural que debe ser leído desde el presente. Desde su valor estético, desde su lugar en la obra de uno de los escultores más importantes del país, desde su capacidad de generar conversación.

Y si incomoda, mejor.

 

Nos vemos en la red (0) y en la vía, frente a la escultura de Lennon.

El derecho a hablar, el deber de saber

 Decía Heliodoro Otero –recientemente fallecido y una de esas voces nacionales que no necesitaban presentaciónque llegar al micrófono en Colombia no era un asunto menor. Que había que saber. Que había que estudiar. Que incluso obtener la licencia de locución implicaba demostrar algo más que una buena voz: cultura general, conocimiento musical, dominio del idioma.

 

No era exageración: era el estándar.

Durante décadas, en Colombia nadie hablaba al aire simplemente porque sí. Existía una licencia de locución, un documento oficial que certificaba que quien se sentaba frente a un micrófono tenía las condiciones mínimas para hacerlo. No se trataba de un trámite simbólico, sino de un filtro. Tenerla era un trofeo y un orgullo.

 

El aspirante debía presentar exámenes ante el Estado: gramática castellana, dicción, vocalización, facilidad de expresión y hasta buena tonalidad y armonía. Pero no se quedaba ahí. También se exigían nociones de historia de la música, geografía universal y la correcta pronunciación de nombres propios de personas, lugares y compositores.

Es decir: no bastaba con sonar bien. Había que saber de qué se hablaba.

 

Además, el oficio estaba categorizado. No era lo mismo leer noticias que presentar música o hacer radioteatro. Cada tipo de locución exigía competencias distintas, y el Estado lo reconocía. Incluso se pedían certificados de estudio, de conducta y de salud.

 

Hoy, en tiempos donde cualquiera puede abrir un micrófono en radio, en streaming o en redes, ese modelo puede parecer excesivo. Y, sin embargo, deja una pregunta incómoda: ¿ganamos libertad o perdimos rigor?

 

Porque sí, la licencia desapareció con la Constitución de 1991. La locución dejó de ser regulada como requisito obligatorio y pasó a entenderse más como un oficio abierto. Y con ello, también se diluyó esa idea de que hablarle al país implicaba una preparación previa.

 

El Día del Locutor, que en Colombia se celebró el 24 de marzo, recuerda justamente eso: que la voz no es solo sonido, es mensaje.

 

Y ahí está el punto: preguntarse, antes de encender el micrófono, si realmente hay algo que valga la pena decir.

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Atajos en la ciencia

 Esta columna retoma y comenta el artículo ‘How ‘Tiny Shortcuts’ Are Poisoning Science’, publicado en el MIT Press Reader, que advierte sobre un problema silencioso pero cada vez más grave en la ciencia: los “pequeños atajos” en la investigación científica.

 

La columna del MIT no habla de fraudes escandalosos ni de datos inventados —que también existen—, sino de algo más cotidiano: ajustar modelos, seleccionar variables, ampliar muestras o descartar casos hasta que los resultados encajen. Prácticas que, aisladas, parecen menores. Pero que, acumuladas, erosionan la credibilidad de la ciencia.

El punto es incómodo: el problema no es el error, es la intención de forzar conclusiones.

 

Durante décadas, la ciencia se legitimó como un proceso riguroso, capaz de corregirse a sí mismo. Pero hoy enfrenta una crisis distinta: la sospecha de que algunos resultados no reflejan la realidad, sino la presión por publicar, destacar o confirmar hipótesis propias. No es que la ciencia haya dejado de producir conocimiento, es que su confianza pública se ha debilitado.

 

Aquí aparece una zona gris. No todo ajuste es fraude. En muchos casos, modificar un diseño o ampliar datos puede ser válido si se reporta con transparencia. El problema surge cuando se oculta lo que no conviene, cuando solo se muestra el resultado “exitoso”. Ahí el atajo deja de ser técnico y se vuelve ético.

 

El riesgo no está en un estudio aislado, sino en el efecto acumulado: investigaciones difíciles de replicar, efectos que se reducen con el tiempo, conclusiones que pierden solidez. Y, sobre todo, una percepción creciente de que la ciencia puede estar sesgada.

 

Lo más preocupante es que estos atajos no requieren mala fe evidente. Basta con la presión del sistema: publicar más, lograr resultados significativos, competir por visibilidad. En ese contexto, el rigor puede ceder, casi sin que se note.

Por eso, la discusión no es solo metodológica, es de confianza.

 

Si la ciencia quiere recuperar su lugar, no necesita ser perfecta, pero sí más honesta: reconocer incertidumbres, mostrar procesos completos y diferenciar con claridad entre datos y opiniones. No es una tarea menor, pero es urgente.

Porque al final, el mayor riesgo no es equivocarse.
Es dejar de creer.

 

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Escuchar lo que queda

 En medio del ruido contemporáneo,algorítmico, inmediato, muchas veces superficialhay espacios donde la comunicación decide detenerse a escuchar. Uno de ellos es el encuentro académico que convoca AFACOM, que este año celebra su Congreso y el X Encuentro de Semilleros en la Universidad de Manizales.

 

No se trata de un evento menor. AFACOM, como articuladora de las facultades de comunicación del país, es uno de los espacios donde la academia se confronta: metodologías, apuestas teóricas, tensiones entre lo digital y lo humano. Bajo el lema de este añola comunicación en la encrucijada digital, la discusión parece inevitable: inteligencia artificial, autenticidad y diversidad de discursos. Pero, paradójicamente, una de las apuestas más interesantes del encuentro no pasa por lo digital, sino por lo sensorial.

Allí participa el Semillero Común-mente,que tengo el honor de dirigir, con un proyecto que investiga desde el sonido. No desde el ruido mediático, sino desde el paisaje sonoro.

 

El semillero trabaja en la investigación titulada “Paisajes sonoros de las antiguas estaciones del ferrocarril en el Quindío: recuperación y construcción de memoria colectiva”, una apuesta que propone reconstruir cómo sonaban las estaciones del tren e identificar cómo suenan hoy esos mismos espacios. Como advirtió R. Murray Schafer, el paisaje sonoro del mundo está en permanente transformación; en ese tránsito no solo cambian los sonidos, también muchos desaparecen si no son escuchados y registrados a tiempo. De ahí la urgencia de documentarlos y convertirlos en memoria antes de que se diluyan en el ruido del presente.

 

Destaco tres elementos de la investigación.

Primero, la metodología.
El proyecto se construye desde la investigación-creación, articulada con mapas sonoros y caminatas de escucha (soundwalks). No es un tema técnico: es una postura epistemológica. Significa que el conocimiento no solo se escribe, también se compone, se graba, se edita. Que escuchar es una forma de investigar. Y que la creación no es un adorno del método, sino el método mismo.

Segundo, la rareza —y por eso mismo el valor— del objeto de estudio.
El paisaje sonoro sigue siendo marginal en los estudios de comunicación. Se habla de narrativas, de plataformas, de audiencias, pero poco de cómo suena un territorio. Menos aún de usar ese sonido como herramienta de investigación de campo. 

Tercero, la memoria.
Del ferrocarril se ha hablado mucho: su arquitectura, su historia, sus locomotoras. Pero no hemos encontrado un estado de la cuestión amplio sobre cómo sonaban las estaciones. Y claro que, ahí también había vida: voces, pasos, comercio, espera, despedidas. El proyecto parte de una intuición: cuando desaparece un sistema como el tren, no solo se pierde infraestructura, también se pierde un mundo sonoro. Y con él, una forma de habitar el territorio. Recuperar esa memoria no es nostalgia. Es reconstrucción cultural.

 

El semillero está conformado por Anderson Correa, Saray Toro, Laura Agudelo,PaulinaEscobar, Camilo Quintero, Santiago Cuéllar, Alejandro Muñoz, Sebastián Molina y Juana Atehortúa. Jóvenes investigadores de Comunicación Social de la Uniquindío que, en lugar de repetir fórmulas, están explorando nuevas formas de producir conocimiento.

 

En tiempos donde la academia corre el riesgo de volverse autorreferencial o irrelevante, estos ejercicios recuerdan para qué investigamos: para comprender mejor lo que somos, incluso en aquello que ya no suena.

 

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domingo, 22 de febrero de 2026


Fachadas.
Coloridas pero vacías.
Y no estoy hablando de casas
.

Escuchar para imaginar

 Hay algo profundamente mágico en cerrar los ojos y escuchar. En medio de una cultura saturada de pantallas, la experiencia sonora conserva una potencia singular: no compite por la mirada, sino que habita el tiempo. Cada 13 de febrero, el Día Mundial de la Radio ofrece una ocasión para pensar ese fenómeno que nació como tecnología y terminó convirtiéndose en lenguaje.

 

Aunque ya no puede afirmarse sin matices que la radio sea el medio más usado del mundo —especialmente en un ecosistema atravesado por internet y plataformas digitales— sí es posible sostener con fundamento que continúa siendo uno de los dispositivos comunicativos de mayor alcance social, particularmente por su bajo costo, su accesibilidad y su capacidad de operar en contextos de emergencia, ruralidad o desigualdad tecnológica.

 

Sin embargo, reducir la radio a su cobertura sería empobrecer la discusión. La radio nació como sistema de transmisión, pero pronto produjo algo más profundo: una narrativa propia. Lo radiofónico no se limita al soporte hertziano ni al aparato receptor; constituye una forma específica de organizar la experiencia a partir del sonido.

 

Los estudios sobre las mediatizaciones sonoras han señalado que la teoría de la comunicación privilegió durante décadas la escritura y la imagen, relegando el sonido a un lugar secundario.

 

Esa desatención no es menor. El oídoese sentido siempre abiertoproduce modos de percepción, memoria y sociabilidad distintos a los de la vista. Escuchar no es simplemente oír: es construir sentido en ausencia de imagen.

 

La radio consolidó génerosel informativo, el radioteatro, el relato deportivo, el magazine,que estructuraron rutinas colectivas durante el siglo XX. Pero su aporte decisivo fue la configuración de un lenguaje basado en la voz, el silencio, la música, el efecto sonoro y el montaje. Con recursos mínimos, fue capaz de recrear escenarios completos y activar la imaginación del oyente. En esa operación reside su potencia cultural: el sonido no ilustra la realidad, la produce simbólicamente.

 

Hoy, en la era del pódcast, el streaming y los asistentes de voz, lo radiofónico ha desbordado su canal original. La digitalización no supone su desaparición, sino su reconfiguración. Persisten la centralidad de la voz, la intimidad de la escucha mediante auriculares y la capacidad de construir mundos posibles a partir de lo sonoro. Cambian los dispositivos; permanece la lógica discursiva.

Así, la propia UNESCO ha subrayado que la radio conserva un papel relevante en la promoción del debate democrático y la diversidad de voces.

 

Ese reconocimiento trasciende la tecnología y dirige la atención a la radio como espacio de escucha pública.

Celebrar la radio, entonces, no es un gesto nostálgico. Es identificar que, más allá de las pantallas y las métricas digitales, seguimos necesitando relatos que entren por el oído y nos obliguen a imaginar. 

 

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Vanguardia algorítmica

 En el debate actual sobre inteligencia artificial, el término modelos frontera aparece cada vez con más frecuencia. Se usa para referirse a los sistemas más avanzados del momento, pero también funciona como una etiqueta cargada de poder: tecnológico, económico y político. Hablar de modelos frontera no es solo hablar de innovación, sino de quién marca los límites de lo posible.

 

En términos simples, un modelo frontera es un sistema de IA de uso general entrenado con enormes volúmenes de datos y capacidad de cómputo, capaz de rendir al más alto nivel en muchas tareas a la vez: escribir, programar, razonar, analizar imágenes o tomar decisiones complejas. Su rasgo distintivo no es solo la potencia, sino la aparición de comportamientos emergentes: habilidades que no fueron programadas explícitamente y que surgen con la escala, como el razonamiento en varios pasos o la planificación autónoma.

Durante años, la idea dominante fue que avanzar en IA significaba construir modelos cada vez más grandes. Hoy esa visión empieza a resquebrajarse. La frontera ya no es una sola. Se ha fragmentado.

 

Por un lado, sigue existiendo una frontera de rendimiento, liderada por grandes modelos propietarios que empujan el techo de la inteligencia artificial. Pero junto a ella aparecen otras fronteras igual de relevantes. La frontera de la eficiencia, donde se demuestra que mejores diseños pueden lograr resultados comparables con muchos menos recursos. La frontera de los costos, que pone el foco en cuánta inteligencia es viable a gran escala. Y la frontera multimodal, que exige modelos capaces de comprender texto, imágenes, audio y video de forma integrada.

 

Este cambio tiene consecuencias importantes. La inteligencia artificial ya no se mide solo por lo que un modelo puede hacer en condiciones ideales, sino por qué tan accesible, sostenible y útil es en contextos reales. En otras palabras: importa tanto la inteligencia como el precio, la energía y el control.

 

Aquí entra en juego la diferencia entre modelos cerrados y modelos de peso abierto. Los primeros siguen ofreciendo el máximo rendimiento y una experiencia más controlada. Los segundos, en cambio, ganan terreno por razones prácticas: menor costo, mayor control sobre los datos y posibilidad de adaptación local. En muchos usos cotidianos, la diferencia de desempeño es mínima frente a las ventajas operativas.

Por eso, cada vez más organizaciones optan por enfoques híbridos: modelos cerrados para tareas críticas y exploratorias; modelos abiertos para producción, escala y cumplimiento normativo. 

 

Aunque estos avances suelen alimentar fantasías sobre una IA autónoma y fuera de control, el riesgo real no está en máquinas conscientes, sino en la delegación silenciosa de decisiones humanas a sistemas cada vez más opacos. También plantean preguntas incómodas sobre concentración de poder y regulación. 

 

Con todo eso, evitar tanto el alarmismo como la fascinación ciega es clave.

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Un formato III

 En las dos columnas anteriores propuse leer la fusión entre Caracol Radio y La W no como un hecho coyuntural, sino como la continuidad de un formato y de una relación con la audiencia. Para cerrar la serie, vale la pena dar un paso más: entender este movimiento como parte de una transformación más profunda de la radio y de sus mediaciones.

 

El Grupo Prisa parece haber comprendido que la transformación digital no se reduce a estar en redes o a replicar contenidos en otras pantallas. Se trata de un tránsito progresivo de canal, soporte y medio: de las ondas hertzianas a la nube. La radio ya no se concibe solo como frecuencia, sino como ecosistema.

 

Ese cambio incluso se expresa en lo simbólico. El paso del logo de Caracol de círculos cerrados a semicírculos abiertos no es solo un ajuste gráfico: sugiere apertura, tránsito y, lo más obvio, la representación de la nube con el ícono Wifi. La radio deja de ser un sistema cerrado para convertirse en un flujo que se completa en otros espacios, especialmente en lo digital.

 

En ese contexto, la fusión también abre espacio para contenidos pensados directamente para el entorno en línea. El promover la sintonía del video streaming (visual radio)y respecto a las frecuencias tradicionales, privilegiar la radio hablada en la señal básica y desplazar la radio musical, se empujade manera deliberada, a una parte de la audiencia hacia la app. No es una decisión inocente: se busca formar hábitos digitales, construir audiencias propias en plataformas y modificar rutinas de escucha.

 

Aquí aparece un punto clave de mediación. La industria ha identificado que la audiencia no quiere solo playlists infinitas. Quiere compañía, calidez humana, voces que hablen, que acompañen, que construyan vínculo. Por eso los DJs vuelven a ser centrales incluso en entornos virtuales. No es casual que Spotify haya creado DJs artificiales -la plataformaentiende que la música sin mediación humana no basta-.

 

La radio hablada, en ese sentido, se convierte en un refugio frente a la automatización total. No solo informa: acompaña, ordena el día, produce cercanía. Eso explica por qué el formato de Julio Sánchez Cristo no solo resiste la fusión, sino que se potencia en ella.

 

También explica por qué Julio ha intensificado su presencia en plataformas digitales, a las que durante años fue reacio. 

Hoy construir y explotar canales propios no es solo una estrategia de expansión, sino de blindaje. Ante una eventual caída o debilitamiento del medio tradicional, el conductor ya no depende exclusivamente de la emisora: se suma a esa nueva generación de realizadores que son el medio, apoyados en los canales que ofrecen las plataformas.

 

Sin embargo, este proceso no está exento de pérdidas. La fusión ha tenido efectos territoriales poco discutidos, como la desaparición de frecuencias musicales adulto contemporáneas en regiones como el Quindío, donde, en un mercado reducido y dominado por música popular y tropical, un segmento de la audiencia queda desatendido. A esto se suma un cambio en los hábitos de escucha: La radio tradicional sigue siendo fuerte en el carro y la migración a la app exige más pasos y mayor atención, complejizando la experiencia en movilidad y obligando a las cadenas a educar a la audiencia en el uso de lasplataformas.

 

Entre el aire y la nube, entre la costumbre y el algoritmo, lo que sigue marcando la diferencia es la relación humana que se construye con la audiencia. Y en esa transición, algunos formatos —y algunos conductores— llegan mejor preparados que otros.

 

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viernes, 23 de enero de 2026

Un formato II

En la columna anterior propuse dejar de observar la reciente fusión de los informativos de Caracol Radio como un hecho coyuntural y comenzar a leerla desde una categoría menos visible, pero decisiva: el formato. Allí sugerí que, más que el nacimiento de un programa nuevo, lo que está ocurriendo es la reconfiguración de una arquitectura sonora ya probada. En esta segunda entrega quiero detenerme en el núcleo de esa arquitectura y explicar por qué el formato propuesto por Julio Sánchez Cristo es original, replicable y notablemente resistente a los cambios institucionales.

 

El primer componente estructural del formato es el conductor. No en el sentido operativo del presentador, sino como figura de legitimidad y mediación. Julio Sánchez Cristo no es solo una voz reconocible: es un actor con capital simbólico acumulado en el sistema mediático, político y cultural del país. Esa legitimidad le ha permitido, históricamente, trasladar a su audiencia entre frecuencias, casas radiales y estructuras programáticas. Lo hizo al pasar de Caracol a RCN, luego al regresar, y vuelve a hacerlo ahora en el tránsito entre La W y 6AMW dentro de la misma cadena.

 

Ese conductor no opera en solitario. El segundo elemento es un equipo diseñado para cubrir la agenda desde múltiples ángulos, sin perder unidad narrativa. En esta nueva etapa, el programa se apoya en la fortaleza territorial histórica de Caracol, ampliando de forma significativa la presencia regional que tenía en W Radio. Sin embargo, la lógica sigue siendo la misma: muchas voces organizadas alrededor de un tema del día que no se limita a ser enunciado, sino explorado, discutido y conectado con distintas capas de la realidad que incluyen la participación de los oyentes, sello inconfundible de JulioEste formato ha sido, además, imitado durante años por otras emisoras.

 

El programa presenta una diferencia clave frente al noticiero clásico. No hay rigidez ni solemnidad excesiva. El recorrido es ecléctico: de lo local a lo internacional, de la política dura a la cultura popular, con una naturalidad conversacional que convierte la información en experiencia compartida. Las noticias no se declaman: se ponen en relación.

 

Esa ausencia de rigidez no implica desorden. Es, precisamente, lo que permite la hibridación del formatoReaparece, herencia de 6am, una sección más cercana al radioperiódico tradicional, con lectura organizada de noticias, pero convive con elementos propios del magazín informativo: comentarios superficiales, referencias culturales, música, humor y momentos de distensión que no banalizan la información, sino que la hacen más cercana, dinámica y accesible para la audiencia.

 

Las primeras emisiones presentaron más baches (silencios o cortes abruptos) de lo común. Más que fallas del formato, fueron señales de un proceso de acople. con el paso de los días se ha ido imponiendo, como anticipé, un regreso gradual a la cadencia característica de La W: mayor complicidad en la mesa, menos formalismo y una conversación más fluida. En ese tránsito se percibe también la ausencia de Alberto Casas, quien si bien se escuchaba cansado en las últimas emisiones de W Radio, fungía como una suerte de sabio en el que se apoyaba constantemente Julio dejando además algunos leitmotiv clásicos del programa.

 

Más allá del formato, este cambio pone en juego las mediaciones. La audiencia no sigueuna emisora, sino una manera de informarse: un tono, un ritmo y una forma de conversar la realidad. Por eso, en este caso, la fusión no es una ruptura, sino un ajuste gradual que recupera claves reconocibles. El formato espues, un pacto de confianza entre quien conduce y quien escucha. Lo que queda por observar no es si funciona, sino cómo esas mediaciones se reordenan cuando la radio deja de ser solo frecuencia y se convierte en experiencia compartida entre aire, red y audiencia. Tema de la próxima columna.

 

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Un formato

Hace justamente un año estaba iniciando una investigación sobre la estructura de la nota informativa para un artículo que acaba de publicar una prestigiosa revista académica española(del que les hablaré en otra columna),para esto, basado en el ECAR 2024 tercera ola, me dediqué a escuchar las 4 emisoras de mayor audiencia en Colombia: Blu radio, Caracol Radio, W Radio y La Fm. La idea del estudio era identificar la estructura del formato y cómo la nota informativa se insertaba en el mismo, haciendo una morfología de la nota de tal manera que se pudiera identificar la función de cada uno de los elementos sonoros en la pieza periodística y en el programa propiamente dicho.

 

Menos de un año después el mapa de la radio nacional ha cambiado. El 17 de julio de 2025 se fusionaron la cadena básica de RCN (ya no se llamaba así, solo RCN, pero yo soy vieja guardia)y la Fm, mientras el martes 13 de enero de este 2026 se acaban de fusionar Caracol -cadena básica- y la W radio. Este, que es un tema del que se ha especulado y en todo caso fluido tinta digital y análoga. Tiene aristas empresariales, técnicas, mediáticas, mediales y de mediaciones. Esta columna se extenderá a un par más, veremos cuántas nos toma desmenuzar algunos de los elementos que envuelven el asunto.

 

Es esta primera me enfocaré en lo que es el formato, así que iniciemos por definirlo, así podremos comprender mejor de qué se trata el “nuevo” programa informativo de Caracol Radio. El formato radiofónico es la estructura creativa que articula lenguajes sonoros, dinámicas narrativasmediaciones culturales y talentos para dar identidad, coherencia y continuidad a un espacio sonoro. Esto permite que el programa sea reproducido -en el sentido de hacerlo igual o muy parecido- y adaptado en diferentes territorios y condiciones. 

 

La teoría clásica de la radio indica que existen dos macro géneros de programas: Informativos y de Ficción. En este caso estamos en el primero, dentro de estos, los hay de tipo magazín, radioperiódicos y noticiero. Conforme a mi investigación todos los informativos analizados en 2025 se correspondían con el formato radioperiódico, pero con algunos matices, los dos creados por Julio Sánchez Cristo (La Fm y W Radio) tenían un fuerte componente de entretenimiento lo que le da trazas de magazín a los programas y un sello inconfundible de su creador.

 

Se podría decir, desde la teoría de Mario Kaplún, que el noticiero enumera la realidad, el radioperiódico la interpreta y el magazín la reconfigura en clave de proximidad, dinamismo y diversidad temática.

 

Desde esta perspectiva, el interés no está en la fusión de los informativos de Caracol radiocomo hecho coyuntural, sino en el formato que la hace posible sin fracturas. En la radio colombiana contemporánea son pocos los casos —después de Yamid Amat y 6am— en los que puede hablarse con propiedad de una estructura original, reconocible y replicable, y en ese sentido el formato creado por Julio Sánchez Cristo constituye una excepción notable. No se trata solo de un programa exitoso, sino de una arquitectura sonora capaz de absorber información dura, conversación, entretenimiento y opinión sin perder identidad. En la próxima columna me detendré a mostrar por qué este “nuevo” formato no es del todo nuevo: cómo modera el componente magazín de la W y, al mismo tiempo, amplía la laxitud interpretativa del histórico radioperiódico de Caracol.

 

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Disenso bajo sospecha

Cuando se conocían las primeras imágenes del tirano Nicolás Maduro capturado y extraído de Venezuela, compartí en mi Facebook, la primera fotografía conocida del dictador con una frase: “Con ustedes… un POEMA”. La apreciación molestó a algunos progresistas que no tardaron en controvertir en diferentes tonos y estilos mi publicación. Vamos a responderles.

 

“Como ha caido de bajo la poesía por estos días” (sic)dijo un profesor y artista. La poesía no es ornamento ni consuelo moral, sino una forma de pensamiento simbólico que irrumpe, incomoda y obliga a leer más allá de lo evidente. Una fotografía puede ser poesía cuando, lejos de embellecer, concentra una paradoja histórica y simbólica que obliga a pensar: la imagen de un dictador capturado —verdugo devenido cuerpo frágil— no celebra ni absuelve, sino que expone, con crudeza poética, el colapso de una narrativa de poder.

 

Siguiendo con los comentarios, un comunicador social en ejercicio apeló a la falacia del hombre de paja: “Yo no entiendo cómo hay gente que defiende el intervencionismo con la excusa de que el derecho internacional ya no es opcional”. Esa afirmación no responde a lo que escribí, sino a lo que necesitan que yo haya escrito. No defendí intervenciones militares ni la relativización del derecho internacional. Se desfigura el argumento para poder atacarlo con comodidad moral.

 

Lo que expresé no era del ámbito de la geopolítica ni derecho internacional, sino la lectura simbólica de una imagen. Pero para algunos de mis contactos progresistas en mi cuenta personal de Facebook, el problema no fue lo que efectivamente expresé, sino la amenaza misma del disenso interpretativo. Toda desviación se lee como sospecha ideológica. Así,para ellos, la libertad de expresión se invoca como principio abstracto, pero se restringe en la práctica cuando incomoda, cuando no confirma su relato, cuando obliga a pensar fuera de su marco.

 

En el catálogo de falacias publicadas en mi muro de Facebook aparece esta perla redactadapor un académico y escritor(no es sarcasmo)“Que un profesor universitario hable de que ve o interpreta poesía en la foto de un dictador, capturado ilegalmente y mediante invasión foránea, dice del fracaso total de nuestra educación. Solo se le ocurre a una persona sin ninguna conciencia de lo público y sin conciencia política”. Aquí confluyen dos falacias evidentes. La primera, nuevamente, es la del hombre de paja: se me atribuye una defensa de una captura ilegal y de una invasión extranjera que no he mencionado ni sugerido. La segunda es un ad hominem de manual: no ataca la idea, el comentario opta por desacreditar al autor, su profesión y su supuesta moral. Cuando la ideología se impone y se ve amenazada, aparece el insulto; cuando falta razón, se invoca la superioridad ética.

 

Finalmente, un experimentado periodista sentenció: “…por eso es urgente una reforma educativa tal y como lo plantean algunos expertos…”. A lo que respondí allí mismo: “¿Una reforma para sacar a los que no piensan como ustedes? Qué barbaridad el sentido de democracia y libertad que tienen estos que se hacen llamar demócratas. Y ahí está el problema de fondo: cuando el disenso se vuelve intolerable, la educación deja de ser un espacio de pensamiento crítico y se convierte en un mecanismo de depuración ideológica. No es libertad lo que defienden, es control del sentido.

 

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