Descargue Carmesí

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Carmesí es un libro ilustrado de Microcuentos, disponible bajo licencia Creative Commons 4.0 (CC,BY) escrito por Jorge Urrea. Siéntase libre de Descargarlo y compartirlo

Podcast Común-mente

Común-mente Episodio 1 - Temporada 1

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viernes, 14 de agosto de 2026

La marca de la inteligencia artificial

 Desde el 2 de agosto comenzaron a aplicarse en la Unión Europea las obligaciones de transparencia del AI Act para contenidos generados o manipulados mediante inteligencia artificial. La intención es que esos contenidos puedan ser identificados mediante señales legibles por máquina y que, en casos específicos, como los deepfakes, exista además un etiquetado visible.

 

La noticia indica que si una máquina genera un contenido, debe dejar una huella. De lo que surge la pregunta: ¿qué significa realmente esa huella?

 

Anthropic, creadora de Claude, anunció que sus nuevos modelos incorporan marcas de agua invisibles en los textos generados y metadatos de procedencia en determinados archivos. La propia compañía reconoce que encontrar una marca no demuestra necesariamente quién creó el contenido. Claude puede intervenir para corregir, traducir, resumir o reorganizar un texto originalmente escrito por una persona. Y tampoco la ausencia de una marca demuestra que la inteligencia artificial no haya intervenido: la edición, paráfrasis o traducción pueden hacer que la señal desaparezca.

La tecnología ya comenzó a implementarse, pero su detección por terceros todavía está en desarrollo: no existe aún un detector universal que permita a un profesor o editor certificar que un texto fue generado por IA.

 

Por ejemplo: un estudiante puede escribir un ensayo y utilizar IA para corregir su redacción, mientras otro puede pedirle que escriba el ensayo completo y entregarlo como propio. En ambos casos hubo intervención de inteligencia artificial, pero los procesos no son equivalentes.

Una marca puede detectar una intervención tecnológica; no necesariamente puede determinar la autoría.

 

Me preocupa, entonces, que estamos construyendo herramientas cada vez más sofisticadas para detectar inteligencia artificial en un momento en el que todavía tenemos dificultades para comprender qué significa utilizarla.

 

Por su parte, OpenAI está trabajando en sistemas de procedencia digital como C2PA, una perspectiva que resulta interesante porque no busca únicamente establecer si algo es “humano” o “artificial”, sino aportar información sobre el origen y la historia de un contenido. La propia compañía reconoce que ninguna técnica de procedencia es infalible y que las señales pueden desaparecer.

De ahí surgen preguntas más útiles: ¿qué herramienta intervino?, ¿en qué momento?, ¿qué produjo?, ¿qué modificó la persona y quién responde por el resultado? No solamente: ¿esto lo hizo una IA?

 

Recordando a Umberto Eco y Apocalípticos e integrados, frente a los nuevos medios Eco identificaba dos posiciones extremas: quienes veían principalmente una amenaza y quienes los asumían como una oportunidad casi sin reservas.

Con la inteligencia artificial estamos repitiendo la discusión. Los apocalípticos anuncian el final del pensamiento y la creatividad. Los integrados celebran cada nueva herramienta como progreso inevitable.

 

Pero necesitamos algo más que esos dos extremos. Es necesario reconocer los usos irresponsables de la IA y, al mismo tiempo, evitar convertir la herramienta en una categoría moral. En un contexto donde todavía existen tantos prejuicios frente a su uso y donde la alfabetización digital no avanza al mismo ritmo que la tecnología, una marca creada para informar podría terminar convirtiéndose en una marca de vergüenza: una señal que no diga qué hizo la inteligencia artificial, sino que haga sospechar de quien la utilizó. La transparencia es necesaria, pero no debería convertirse en sospecha, ni mucho menos en estigma. 

 

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¿Volver a aprender a ver TV?

 Cuando Netflix apareció hace casi dos décadas cambió la idea de cómo se consume audiovisual. Expandió el concepto de que la televisión ya no tenía por qué depender de horarios, canales o parrillas de programación. El espectador, por primera vez, tendría el control absoluto: decidiría qué ver, cuándo verlo y en qué dispositivo hacerlo. La libertad de elección se convirtió en el principal argumento de venta del streaming.

 

Curiosamente es hoy la propia Netflix la que estudia incorporar canales lineales temáticos dentro de su plataforma, casi un regreso a lo que Umberto Eco llamó la Neo televisión, donde el objetivo ya no era un programa aislado, sino mantener al espectador inmerso en una experiencia continua. Una lógica que Raymond Williams había descrito años antes con el concepto de flujo (flow): la televisión no se consume programa por programa, sino como una corriente ininterrumpida que organiza el tiempo cotidiano. La diferencia es que ahora ese flujo ya no lo diseña únicamente un director de programación; también lo construyen los algoritmos.

 

Según The Wall Street Journal, la compañía evalúa crear señales continuas organizadas por géneros como documentales, comedia, contenidos infantiles o deportes y, además, ofrecer suscripciones a otras plataformas de streaming desde su propia aplicación, siguiendo un camino similar al que ya recorren Amazon Prime Video y Apple TV.

La noticia podría interpretarse con facilidad como un regreso a la televisión tradicional. Sin embargo, creo que lo que Netflix está recuperando es el ritual.

 

Durante años se ha dicho que elegir es sinónimo de libertad. Abrir una plataforma y encontrar miles de películas y series disponibles parecería el escenario perfecto para cualquier espectador. Sin embargo, con el tiempo afloró un problema que el antepasado análogo de Netflix ya había padecido: demasiadas opciones generan cansancio. La generación de los noventa recordará las vueltas interminables por los pasillos de los videoclubes antes de decidir qué película alquilar.

Hoy el escenario es distinto, pero la sensación es la misma. ¿Cuántas veces abrimos Netflix para terminar dedicando más tiempo a buscar que a ver algo? La abundancia terminó produciendo lo que la psicología denomina fatiga de decisión: llega un momento en que elegir deja de ser un privilegio para convertirse en una carga.

 

En ese contexto, los canales lineales que propone implementar Netflix no representan un retroceso tecnológico. Son una respuesta a un comportamiento humano. No siempre queremos decidir. Muchas veces solo queremos sentarnos frente a una pantalla y dejar que algo empiece. La televisión aprovechó ese ritual durante décadas, mientras el streaming lo reemplazó por una sucesión permanente de decisiones.

 

Pero detrás de este movimiento también hay una lógica empresarial. Hoy el reto de Netflix ya no es únicamente conseguir nuevos suscriptores, sino lograr que permanezcan más tiempo dentro de la plataforma. Un canal lineal reduce la fricción de la elección, prolonga el tiempo de visualización y permite rentabilizar mejor un catálogo que ya existe. Una serie o un documental pueden encontrar nuevas audiencias simplemente porque alguien llegó a ellos mientras el canal seguía su curso.

 

Siempre lo he dicho: La televisión no ha muerto, solo se sigue transformando.

 

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El aula un templo

 Ejerzo la docencia de manera interrumpida desde agosto del año 2001, cuando orienté mi primera catedra llamada "Medios de comunicación", en la Escuela de Administración y Mercadotecnia del Quindío (EAM). Es decir que han pasado 25 años desde aquella primera experiencia.

 

Hay una sensación ritual, casi religiosa al ingresar a un salón de clases o un laboratorio, me pasa igual cuando piso un escenario -a un teatro me refiero- se siente un vacío en el estómago y una suerte de luz arropa el espacio. No exagero, me sucede cada vez que ocupo esos lugares. Esa sensación, me hace pensar en el aula como un templo, un lugar que invita a adaptarse a sus reglas, que es visitado por convicción y que llama al uso ritual.

 

No es una metáfora caprichosa. Mircea Eliade, el historiador de las religiones que documentó la experiencia de lo sagrado, sostenía que todo ritual necesita un territorio propio, un "espacio consagrado, esencialmente distinto del espacio secular”. El aula, bien mirada, cumple esa condición: se entra a ella con un propósito que la separa del resto del edificio, del resto del día. La filósofa María Zambrano llegó a una conclusión parecida desde otro lugar, el de la poesía: para ella el aula era "un espacio propiamente humano o más bien humanizado… un espacio, diríamos, poético". No un contenedor neutro de pupitres, sino un lugar donde ocurre algo que trasciende la simple transmisión de información.

 

Durante todos estos años de enseñanza he sido testigo de cómo esa relación con el espacio ha cambiado. Y entiendo que ese cambio es natural… esperable. En ese sentido el filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica en su libro La desaparición de los rituales que la digitalización nos ha dejado hiperconectados pero solos, porque produce lo que él llama “comunicación sin comunidad”. No es que los estudiantes de hoy sean peores ni más indiferentes; es que habitan un tiempo donde la conexión ya no se experimenta con el cuerpo presente en un lugar, sino a través de una pantalla que los acompaña incluso cuando están sentados uno al lado del otro. 

 

Byung-Chul Han afirma que los rituales antiguos generaban comunidad sin necesidad de palabras, por pura copresencia corporal, y que ese tejido se está deshilachando en todas partes, no solo en el aula.

Ese es el detonante de esta columna: que el aula se transforme es coherente con la época. Sería ingenuo pedirle a un salón de clases del 2026 que funcione como el de 2001. 

Pero coherente no es sinónimo de correcto. Que un estudiante entre al templo y en lugar de mirar a quien tiene al frente mire su teléfono, que veinte cuerpos ocupen el mismo espacio sin que haya entre ellos conexión visual sostenida, no es una actualización de las formas, es, más bien, una degradación del sentido mismo del lugar. El pedagogo Peter McLaren planteaba que el aula siempre ha sido un territorio en el cual se dirimen, en términos simbólicos, conflictos de clase, étnicos y generacionales. Hoy se dirime también, y de manera silenciosa, un conflicto entre la presencia y la desconexión.

Por eso pienso que el aula debería seguir siendo sagrada, no en el sentido religioso de la palabra, sino en el sentido que le daban Eliade y Zambrano: un lugar aparte, con sus propias reglas, que exige de quien lo habita una entrega distinta a la que exige cualquier otro espacio. Aceptar que cambie no puede significar resignarse a que se vacíe. 

 

Escribo esto a puertas de un nuevo semestre, en el mismo tiempo en que se cumplen 25 años de aquella primera clase. El lunes, cuando vuelva al aula y me encuentre con mis estudiantes, lo haré con la misma reverencia de la primera vez y me esforzaré porque se enamoren del ritual.

 

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viernes, 24 de julio de 2026

El Congreso frente a la IA

 Con la instalación del nuevo Congreso parece pertinente mirar hacia un viejo proyecto: la ley de inteligencia artificial, que Lleva más de un año recorriendo el trámite legislativo sin convertirse todavía en norma, tiempo suficiente para que el país hubiera madurado el debate. Sin embargo, da la impresión de que seguimos discutiendo la pregunta equivocada: cómo regular una tecnología que Colombia todavía ni siquiera sabe producir.

 

Lo curioso es que el propio Gobierno ya había hecho un diagnóstico mucho más sensatosobre la el papel de la IA en Colombia. En febrero de 2025 aprobó el CONPES 4144, la nueva Política Nacional de Inteligencia Artificial, y allí reconoció que el principal problema de Colombia no es el exceso de IA, sino la falta de capacidades para desarrollarla y aprovecharla. El documento identifica baja inversión en investigación, escasez de talento digital, infraestructura computacional insuficiente, poca disponibilidad de datos de calidad y bajo nivel de adopción empresarial de esta tecnología.

 

La conclusión del CONPES es que el país necesita crear condiciones para investigar, innovar, formar talento y usar la IA de manera ética y sostenible. Por eso organiza la política alrededor de seis ejes, donde la mitigación de riesgos es apenas uno entre varios componentes de una estrategia más amplia de desarrollo tecnológico.

 

Sin embargo, tres meses después, el Gobierno radicó en el Senado un proyecto de ley que parece partir de una premisa distinta: que el principal desafío nacional consiste en controlar una tecnología potencialmente peligrosa. El texto propone clasificar los sistemas de IA según niveles de riesgo, imponer obligaciones de transparencia, crear mecanismos de supervisión y establecer procedimientos y sanciones por afectaciones a derechos fundamentales. Además, toma como referencia explícita la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea y su arquitectura regulatoria basada en categorías de riesgo.

 

Vale la pena preguntarse ¿En qué están pensando realmente los legisladores?

Porque una cosa es proteger derechos fundamentales y otra muy distinta es importar el marco regulatorio de Bruselas como si Colombia fuera una potencia tecnológica comparable a Alemania o Francia. La Unión Europea regula una industria que produce modelos, plataformas y servicios de IA a escala global. Colombia, en cambio, todavía está tratando de construir infraestructura, formar ingenieros y lograr que las empresas usen herramientas básicas de automatización.

Es como si un país sin astilleros decidiera empezar por regular la exportación de portaaviones.

 

Y allí aparece una contradicción que el propio Estado no parece advertir. El diagnóstico técnico indica que "necesitamos capacidades", en contradicción con la propuesta legislativa que manifiesta que "necesitamos controles". El riesgo de esa inversión de prioridades es gigante. Una regulación compleja puede ser manejable para las grandes multinacionales tecnológicas, pero suele convertirse en una barrera para universidades, startups y pequeñas empresas locales, que son precisamente las que el CONPES pretende fortalecer.

 

Tanto el proyecto de ley como buena parte del debate público colombiano parecen obsesionados con los escenarios más alarmistas: vigilancia biométrica, manipulación masiva, decisiones automatizadas opacas. Esos riesgos existen y deben ser atendidos, pero no son hoy el problema más urgente del país en términos de IA

 

El Congreso todavía está a tiempo de corregir el rumbo. La cuestión no debería ser cómo adaptar la regulación europea, sino cómo diseñar un marco proporcional al estado real del ecosistema colombiano. Una buena ley de IA para Colombia tendría, a mi juicio, dentro de sus prioridades: Presupuesto, fortalecer talento, facilitar experimentación responsable y proteger derechos en usos sensibles como salud, empleo y seguridad. Lo demás puede desarrollarse gradualmente, a medida que exista una industria nacional que valga la pena regular. 

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Jorge

 Hay derrotas que duelen más que perder una elección. La crítica se sobrevive. El olvido, no.

La semana pasada una columna proponía "silenciar a Petro" pero el debate se fue por el camino equivocado. Durante días discutimos si la palabra era desafortunada, si sonaba a censura o si era una invitación legítima a dejar de amplificar cada uno de sus trinos -yo opino que sí que lo es- Pero causó el efecto contrario, Petro volvió a convertirse en el protagonista de la conversación.

 

Por eso creo que el verbo correcto no es silenciar sino olvidar. No olvidar su gobierno, que deberá ser juzgado por la historia, sino abandonar la costumbre de convertir cada declaración, cada provocación y cada publicación en X en el acontecimiento político del día.. Porque ese ha sido el combustible de un liderazgo construido alrededor de la atención permanente.

 

A mi juicio, Petro nunca gobernó como un estadista. Gobernó como un líder de rasgos narcisistas obsesionado con permanecer en el centro del escenario. El estadista tiene claroque las instituciones deben sobrevivirlo. El liderazgo de rasgos narcisistas necesita que el reflector nunca se apague. Por eso en varias ocasiones el presidente ha insistido en que será "inolvidable" –hasta en la cama-

 

En el Consejo de ministros del martes Petro respondió a quienes afirman que quiere impedir la posesión del presidente electo: "Muchos piensan que nosotros queremos que no se posesione. Nosotros no estamos pensando que no se posesione..." e inmediatamente introdujo otro elemento que merece atención. Habló de un eventual estallido social, recuerdó que millones votaron por Abelardo de la Espriella y dejó planteado que ese será un asunto de análisis político.

Esa afirmación no parece estar en el vacío.

 

George Lakoff ha explicado que negar un marco es la manera más eficaz de activarlo. Su célebre ejemplo —"No piensen en un elefante"— demuestra que el cerebro primero construye la imagen y después procesa la negación. Petro hizo exactamente eso. Para asegurar que no pretende prolongar su mandato habló de dictadura, de soldados enfrentando al pueblo, de un estallido social y hasta de "otras armas que la ciudadanía pondría". Nadie le estaba preguntando por un golpe de Estado; fue él quien llevó la conversación hasta ese terreno. Negó el escenario después de haberlo instalado.

 

Atando acabos, Hace pocos días Vivina Marín, secretaria política de la Juventud Comunista, afirmó que la tarea era "hacer invivible este país para Abelardo de la Espriella". Y justo el martes el político antioqueño @Mauriciotobonf informó en X “Aproximadamente 45 buses escalera se desplazan hacia Bogotá…” Estas situaciones revelan una concepción preocupante de la oposición: no como control democrático al poder, sino como estrategia de confrontación permanente.

 

La campaña terminó, pero la lógica de la campaña parece no haber terminado. El objetivo ya no sería disputar el poder desde el Gobierno, sino conservar el liderazgo de la oposición ocupando todos los días el centro del debate nacional.

 

Petro quiere seguir gobernando la conversación, aunque ya no gobierne el país. Para lograrlo necesita exactamente lo mismo que necesitó durante cuatro años: nuestra atención. Los algoritmos no distinguen entre admiradores y detractores; ambos alimentan el mismo protagonismo. Olvidémonos de Petro, para un liderazgo construido sobre la necesidad permanente de atenciónel odio sigue siendo una forma de reconocimiento. Lo único verdaderamente insoportable es el olvido.

 

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Cambiar la pregunta

Hay artículos académicos que confirman lo que ya sospechábamos. Y hay otros, mucho más escasos, que cambian la pregunta. Hace unos días encontré uno de esos.

Se titula La brecha: lógicas tradicionales y computacionales en la detección de noticias falsas", publicado este año en la revista científica Comunicar por la investigadora rusa Svetlana Bodrunova, de la Universidad Estatal de San Petersburgo.

Durante años hemos repetido que vivimos en la era de las fakenews. Se han creado verificadores de datos, algoritmos para detectar mentiras y herramientas de inteligencia artificial capaces de clasificar contenidos como verdaderos o falsos. Parecería que el gran desafío consiste simplemente en identificar la mentira y eliminarla.

El artículo, al que me ferierosostiene que esa idea, aunque intuitiva, está incompleta.

Bodrunova plantea que existen dos maneras muy diferentes de entender el problema. Por un lado están las ciencias de la comunicación, que saben desde hace décadas que entre un hecho y una mentira existe un amplio territorio de interpretaciones, matices, opiniones, sátiras, sesgos y propaganda. Por el otro están los sistemas computacionales, que necesitan respuestas binarias: verdadero o falso, sí o no, uno o cero.

La paradoja es que, los computadores funcionan mejor cuando simplifican la realidad. Pero la comunicación humana rara vez funciona así.

Una columna de opinión no es una noticia. Una caricatura política no es un informe técnico. Una interpretación puede ser discutible sin ser falsa. Incluso un titular puede ser tendencioso sin convertirse automáticamente en una mentira. Reducir toda esa complejidad a un semáforo de "verdadero" o "falso" termina siendo una simplificación que puede empobrecer el debate público.

En mi criterio la idea más poderosa del artículo es la de la "frontera borrosa". La autora recuerda que las democracias necesitan proteger la verdad, pero también la posibilidad de interpretar la realidad desde perspectivas distintas. Si desaparecen los matices, cualquier desacuerdo puede terminar etiquetado como desinformación. Y ese es un riesgo tan serio como la propia mentira.

Como alternativa, la investigación propone dejar de preguntar únicamente si un contenido es verdadero o falso. Sugiere examinar al menos cinco dimensiones: qué parte corresponde a hechos y cuál a interpretaciones; qué tan sólida es la evidencia; quién produce el contenido —un medio de comunicación o un usuario cualquiera— y, en tiempos de inteligencia artificial, si fue elaborado por una persona, una máquina o una combinación de ambas.

Así pues, este es un filtro apropiado para cambiar la pregunta respecto a lo vemos en las plataformas digitales, no se trata solo de si es verdadero o falso sino de indagar en los matices.

 

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Después del ruido

 Después de esta campaña electoral creo que necesito un mes entero viendo videos de gatos y recetas de cocina, o haciendo experimentos fotográficos y sonorosLo digo de verdad. El peso acumulado de la información —y de la desinformación—, las malas energías, los insultos, las medias verdades, las amenazas veladas y las actitudes agresivas de fanáticos enardecidos —y ahora también ardidos— terminan pesando sobre el pecho de una manera difícil de explicar.

 

Se trata del cansancio que produce estar atento al devenir de una campaña presidencial, de meses en los que nuestras plataformas se convirtieron en una sucesión interminable de escándalos, acusaciones, rumores, indignaciones programadas y predicciones apocalípticas. Cada notificación proyectaba una nueva crisis. Cada publicación prometía una revelación definitiva. Cada discusión terminaba pareciéndose a la anterior.

 

Por eso, terminada la contienda, siento una extraña mezcla de agotamiento, tristeza y saturación. Como si hubiera pasado demasiado tiempo observando el conflicto y demasiado poco viviendo lo que me corresponde.

 

Pensando precisamente en esa sensación, encontré un artículo académico que ayuda a entender lo que ocurre. Se trata de "Recuperando nuestras mentes: cómo mitigar los impactos negativos del consumo compulsivo de noticias alarmantes", publicado en 2024 por los investigadores Shaji George, Hovan George y Baskar. Allí analizan un fenómeno cada vez más común: el doomscrolling, es decir, la tendencia a desplazarnos compulsivamente por flujos interminables de noticias negativas, conflictos, tragedias y contenidos diseñados para mantener nuestra atención atrapada.

 

Los autores sostienen que este comportamiento se disparó durante la pandemia, pero que hoy se extiende a cualquier contexto marcado por la incertidumbre y la polarización -verbigracias la contienda electoral-. Según su revisión, la exposición constante a información alarmante activa mecanismos biológicos asociados al estrés, incrementa la ansiedad, deteriora la calidad del sueño y puede generar agotamiento emocional. Incluso advierten sobre la posibilidad de desarrollar lo que denominan trauma vicario: una afectación psicológica derivada de exponerse repetidamente al sufrimiento ajeno sin haberlo vivido directamente.

 

El artículo cae como anillo al dedo en este cierre de elecciones. Durante meses muchos ciudadanos permanecimos conectados a una corriente inagotable de encuestas, controversias, ataques, videos manipulados, denuncias, teorías conspirativas y pronósticos catastróficos. No porque nos guste sufrir, sino porque nos obligamos a mantenernos informados. Sobre esto, los investigadores recuerdan que existe una diferencia importante entre estar informado y quedar atrapado en una espiral de consumo compulsivo de información negativa.

 

El artículo llama a recuperar el control sobre nuestra atención. Poner límites. Descansar. Elegir cuándo informarnos y cuándo apagar la pantalla. Una democracia necesita ciudadanos informados –no hay duda-, pero también capaces de conservar la serenidad, el criterio y la esperanza.

 

Después del ruido electoral: Vamo a calmarno

 

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Los dueños de la moral

 Los dueños de la moral tienen memoria a corto plazo. No logran dilucidar que sus palabras taimadas y sus ideas correctas son solamente una máscara de la inconmensurable cantidad de hechos que contradicen sus propios principios.

 

Los dueños de la moral se aferran con garras -de hiénidos no de felino- a frases hechas que perdieron sentido cuando sus actos pusieron en evidencia lo que verdaderamente tienen en su corazón.

 

Los dueños de la moral se aferran a slogans: “Paz total” “Me la juego por la vida” que no son capaces de defender con hechos, que no son capaces de honrar. Que apenas si pueden pronunciar. Slogans vacíos porque no se cumplen, frases hechas para alienar, letra muerta, como los muertos por la falta de medicamentos y atención médica o la guerra por el territorio, las drogas, el oro y la ideología.

 

Los dueños de la moral destruyen, incendian, apuñalan, mientras en sus bocas se dibuja la palabra paz. Vituperan, calumnian, siembran odio. ¡Qué contradicción! Proclaman el respeto, pero no lo ejercen.

 

Los dueños de la moral, hablan de decoro, se autoproclaman decentes, mientras lavan la cara de ladrones que se quedan con la plata de quienes pagamos impuestos. O miran para otro lado cuando nombran incapaces sin formación en puestos del Estado. ¿Qué es eso sino corrupción?  

 

Los dueños de la moral claman por consideración a la diferencia, pero no toleran que otros se expresen respecto a lo que ellos no comparten. Y peor aún, esto los lleva a ser violentos, tanto o peor como los violentos que ellos odian, como los fasistas que describen en arengas y grafitis. Son violentos en los muros de las calles y en los muros de las redes sociales. Son violentos pero se dicen pacifistas, amorosos, vitalistas. En realidad son intolerantes. 

 

A los dueños de la moral ahora les molesta que alguien atente contra su sabroso statu quo. Les incomoda que les hablen duro, les fastidia la grandilocuencia. ¡Raro! porque hace 4 años eso era exactamente lo que les privaba. Les encantaba que su líder era -y sigue siendo, mientras viola la ley al hacer política desde el puesto- frentero, sin pelos en la lengua.¡Todo un orador!

 

¡Ah! pero no hay que olvidar que los dueños de la moral tienen memoria a corto plazo.

 

De todos modos, perdieron el derecho moral para “hacer oposición” a lo que se les ocurra que hagan sus odiados políticos. Porque a los dueños de la moral, sus líderes, les han restregado el catálogo completo de trampas protagonizando cada “jugadita” que han criticado y denunciado siendo oposición.

 

No pueden seguir en las mismas y no podemos dejarnos avergonzar por no creernos dueños de la moral.

 

Nos vemos en la red (0) y en las urnas.

 

lunes, 8 de junio de 2026

Estos son mis principios…

Hay dos frases que definen a la política nacional. La primera suele atribuirse a Maquiavelo-aunque no la escribió tal cual, sí está en el espíritu de su obra-el fin justifica los medios. La segunda la popularizó el cómico Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Ambas describen un fenómeno tan antiguo como la política misma: la facilidad con que las convicciones se vuelven flexibles cuando se alcanza el poder.

 

Mientras se está en la oposición, los principios parecen sólidos. Se denuncian los abusos, se exigen límites institucionales y se condena cualquier exceso del gobernante de turno. Todo parece muy claro cuando el poder está en manos del adversario.

 

El problema aparece cuando hay que gobernar.

Entonces, lo que ayer era intolerable se vuelve comprensible. Lo que antes era una amenaza para la democracia pasa a ser una herramienta legítima. Lo que era propaganda se transforma en pedagogía. Lo que era participación indebida en política se convierte en liderazgo. Los hechos dejan de juzgarse por lo que son y empiezan a evaluarse según quién los ejecuta.

La vara moral cambia de longitud.

 

Si el adversario cuestiona las instituciones, es un peligro para la democracia. Si lo hace el propio bando, es una defensa de la democracia. Si los otros fomentan la confrontación, generan odio. Si lo hacen los nuestros, están resistiendo. El principio universal se reduce a la causa, a la ideología, a la secta. Entonces, ahora lo que antes les producía asco pasa a representar una causa tan noble que merece excepciones éticas.

 

Estamos llenos de ejemplos de partidos que llegaron prometiendo una cosa y terminaron haciendo exactamente lo contrario. La prometida transformación de la salud derivó en una crisis cada vez más profunda. La "Paz Total" terminó coexistiendo con más masacres, menos control territorial y una mayor capacidad de acción de los grupos armados. Sus promotores terminaron convencidos de que sus objetivos justificaban cualquier método.

 

Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario. Los medios terminan moldeando el fin. Una democracia defendida mediante prácticas antidemocráticas acaba pareciéndose poco a una democracia. Una verdad sostenida mediante la manipulación termina perdiendo su condición de verdad.

 

Los medios además de ser instrumentos son parte del resultado.

 

Quizá por eso una de las señales más preocupantes de nuestro tiempo no sea la existencia de políticos contradictorios. Siempre los ha habido. Lo verdaderamente preocupante es la existencia de ciudadanos que celebran las contradicciones cuando provienen de quienes piensan igual que ellos.

Muchos ya no defienden principios. Defienden ídolos.

Y cuando la lealtad al líder reemplaza la lealtad a los valores, cualquier incoherencia encuentra justificación. No importa si se trata de la derecha o de la izquierda, del gobierno o de la oposición.

 

¿Cuándo dejamos de preguntarnos si algo está bien o está mal, para enfocarnos únicamente en quién lo hizo?

 

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martes, 19 de mayo de 2026

El hijo de Rana y el hijo de...


 

¿Para qué existe la universidad?

 La Universidad de Yale publicó hace unas semanas un informe incómodo y profundamente autocrítico sobre la pérdida de confianza en la educación superior. Y aunque fue escrito pensando en Estados Unidos, muchas de sus conclusiones parecen redactadas mirando cualquier campus latinoamericano.

 

El documento parte de la idea de que la universidad dejó de ser percibida como un lugar dedicado a crear y transmitir conocimiento. En el intento de ser todo al mismo tiempo: escenario político y moral, marca global y centro de entretenimiento terminó diluyendo su propósito esencial.

 

No es difícil darles la razón.

Durante años muchas universidades han confundido formación crítica con militancia permanente. Convertir cualquier discusión académica en una batalla ideológica no ha fortalecido el pensamiento crítico; más bien lo acotaA más activismo, menos tiempo para la academia.

 

El informe de Yale insiste en que la misión universitaria debe volver a centrarse en la enseñanza y la investigación. Esa -creo yo- es la discusión urgente: investigar más, investigar mejor y fortalecer la investigación formativa. Porque muchos estudiantes llegan hoy sabiendo consumir información, pero no necesariamente producir conocimiento.

 

Además, la propia IA está mostrando un límite importante, el internet muerto, en en perspectiva con las declaraciones de Altman el CEO de OpenAI son contundentes, el conocimiento enciclopédico de la IA ya se agotó, se requiere campo para renovarlo, y para eso se necesitan investigadores que salgan a recolectar datos

 

Donde me distancio en el informe es en su propuesta de restringir drásticamente la tecnología en las aulas. Yale recomienda una política de “cero dispositivos”: sin celulares, portátiles o tabletas. La motivación es comprensible. Los profesores describen estudiantes físicamente presentes pero mentalmente atrapados en TikTok, WhatsApp y el scrollinfinito. -Confieso que me pasa y me decepciona- Tengo uno que lleva el computador y juega con control y todo en la clase. Pero prohibir la tecnología sería como intentar vaciarel océano con un balde.

 

La tarea universitaria no consiste en expulsar la tecnología del aula sino en enseñarle al estudiante a convivir críticamente con ella. Apropiarla, comprenderla, dominarla. 

 

La inteligencia artificial y las plataformas digitales no son una moda pasajera: son el entorno en el que nuestros estudiantes van a vivir y trabajar.

El problema no es el computador abierto. El problema es una generación que nunca aprendió a concentrarse.

 

El informe toca otra herida: la caída de la exigencia académica. Muchos estudiantes llegan menos preparados para la frustración y con menor tolerancia al esfuerzo sostenido. Leer completo parece excesivo. Profundizar es castigo. Y escribir sin ChatGPT empieza a sentirse casi como una tortura.

 

Tal vez sí llegó la hora de aumentar nuevamente el grado de exigencia. No por nostalgia profesoral, sino porque el conocimiento serio sigue requiriendo tiempo, atención y disciplina. A mí personalmente me afecta. Mi estilo pedagógico parte de otra premisa: la de enseñar al que quiere aprender, de hacerlo con respeto y con amor, también con flexibilidad responsable. Pero los límites se están alcanzado. 

 

Si el aula pierde la capacidad de formar personas capaces de concentrarse, argumentar y cuestionar, entonces el problema ya no será político. Será civilizatorio.

 

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Rock nuevo para viejos

 Hay algo sospechosoy por eso mismo interesante, en las listas de recomendaciones. Más aún cuando vienen de alguien como Enrique Bunbury, que ha visto pasar varias “resurrecciones del rock” sin inmutarse. Cuando él señala bandas jóvenes que reviven el rock conviene escucharlas… pero también desconfiar un poco. Porque el rock lleva veinte años “volviendo”, mejor dicho no se ha ido.

 

Algo sí está pasando cuando aparecen bandas como Geese, quizá la más incómoda de todas. Según las críticas, su propuesta es caótica, ansiosa, fragmentada. En vivo, esa sensación se hace intensa: ruido, tensión, teatralidad. Suenan potente y con un estilo alquenos podemos acomodar los que nos quedamos en el rock de los 80. Su canción más popular en Spotify es “Au Pays du Cocaine

 

Más consolidados están Fontaines D.C.. Su caso es particular: una crítica casi unánime a su favor sin caer en lo complaciente. Un post-punk literario, oscuro, donde la palabra pesa tanto como el sonido. Han entendido algo clave: el rock no necesita gritar para ser político.Su canción más popular en Spotify es “I love You

 

En el extremo opuesto está IDLES, donde todo es exceso. Energía, activismo. Son una banda física que en directo arrolla. Ellos cargan con su propia concepción del mundo: una postura ideológica que a veces, para mi gusto, es demasiado explícita. Aun así, los sostieneque creen en lo que dicen. Son auténticos. Su canción más popular en Spotify es “The Godof Lying”.

 

Finalmente, Wet Leg, que reprentan el juego que terminó siendo verdad. Nacieron con ligereza, casi como una ocurrencia, pero rápidamente demostraron que había algo más. Su música combina sarcasmo, deseo y una despreocupación calculada. Con unos ritmos que atrapan y una voz femenina casi desganada que coquetea en el susurro. Su canción más popular en Spotify es “Mangetout”.

 

¿Qué une a todas estas bandas?

No es un sonido homogéneo. Es una actitud.

Ninguna intenta “salvar el rock”, aunque la crítica insista en esa narrativa perezosa. Más bien lo deforman, lo llevan a sus terrenos, lo contradicen. Unas desde el ruido, otras desde la poesía, otras desde la ironía.

 

Gracias a Bunbury por su música y por su buen criterio curatorial, estas bandas -que no conocía- lograron sacarme del heavy metal de los 80 por un momento y refrescar mi playlist. Espero que a ustedes amables lectores les pase igual.

 

Nos vemos en la red (0)

 

La contraseña es incorrecta

 Hay dos certezas en la vida moderna: uno no sabe qué va a almorzar mañana… y tampoco sabe su contraseña hoy.

 

El drama empieza en casa. La mamá frente al computador:
—“¿Cuál era la clave?”
Uno responde con seguridad de experto en ciberseguridad de barrio:
—La de siempre, mamá.
—“¿La de siempre? – ¡Tú la creaste…!
Silencio. Crisis. Colapso del sistema.

 

Porque en este mundo uno no tiene una contraseña. Tiene un batallón de claves:la del banco, la del correo, la del correo de recuperación del correo, la del Netflix, la del WiFi que nunca funciona, la del portal institucional que pide cambiarla cada ocho días “por seguridad”… o por sadismo.

Y entonces aparece el método científico colombiano:
“123456”… no.
“1234567”… tampoco.
“12345678”… ahora sí… pero no.
“12345678_1”… acceso concedido.

 

El Día Mundial de la Contraseña existe, créalo o no. Se celebra el primer jueves de mayo desde 2013, impulsado por la industria tecnológica para recordarnos algo básico: que nuestras claves son la puerta de nuestra vida digital.
Es decir: que estamos cerrando la casa… pero dejando la llave puesta por fuera.

 

La idea nació de un libro de seguridad informática (sí, alguien leyó eso voluntariamente) y luego empresas como Intel decidieron oficializar el asunto para crear conciencia .
Conciencia que, por supuesto, no funciona, porque la contraseña más usada sigue siendo algo digno de jardín infantil: “123456”.


Un ser humano promedio puede manejar más de 200 credenciales distintas. !Doscientas!Por eso muchos terminan haciendo lo mismo: una contraseña base… y variaciones creativas que harían llorar a cualquier hacker profesional:

• Contraseñacontraseña1contraseña12contraseña12! 

 

hay quién siente que está burlando al FBI.

 

El problema es que, según estudios, la mayoría de ataques exitosos no ocurren porque el hacker sea un genio, sino porque somos previsibles.


Es decir: El enemigo no está afuera. Está en “qwerty”.

Ahora, ¿cómo sobrevivir a este tsunami de claves sin terminar usando la cédula al revés?

Uno: no use la misma contraseña para todo.
Sí, ya sé que lo hace, pero, Es el equivalente digital de usar la misma llave para la casa, el carro y la caja fuerte.

DosMás larga gana.
Olvídese de símbolos raros tipo jeroglífico. Una frase larga es más segura que un Frankenstein de signos.

Tres: acepte su destino.
Va a olvidar contraseñas. Es parte de la condición humana contemporánea, como buscar el celular mientras lo tiene en la mano.

Y entonces uno termina en el ritual final:
“¿Olvidó su contraseña?”
Sí.
“Cree una nueva.”
Listo.
“La nueva contraseña no puede ser igual a las anteriores.”

Ahí es donde uno entiende la dimensión existencial de la ciberseguridad.

 

El Día Mundial de la Contraseña no celebra la seguridad.
sino, más bien la derrota. La derrota de la memoria, de la lógica y, sobre todo, de la confianza.

Nos vemos en la red (si logro entrar).

 

La Serrezuela






 

Arte sin prontuario

 Hay escándalos que no nacen del hecho, sino de la incoherencia.

 

En el Quindío, algunos han decidido indignarse porque una obra de Rodrigo Arenas Betancourt vuelve a su lugar de origen. No por su calidad, no por su significado artístico, sino por quien la encargó hace muchos años: Carlos Lehder.

 

¿Puede una obra de arte quedar condenada a perpetuidad por el prontuario de quien la pagó?

Curiosamente, muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras han defendido la reintegración política de excombatientes, la segunda oportunidad como principio democrático, incluso la idea de que la sociedad no puede vivir anclada al castigo eterno – verbigracia las curules regaladas a las Farc-. Pero en este caso, esa convicción parece evaporarse. Entonces ya no hay reintegración posible. Ya no hay matices. Soloseñalamiento.

 

El problema de fondo no es la estatua. Es la doble moral.

Desde hace décadas, la teoría del arte ha insistido en separar la obra de su origen. Roland Barthes lo planteó con claridad al hablar de la “muerte del autor”: el sentido de una obra no está atado a la biografíani a las culpas, de quien la produjo o la financió. Theodor W. Adorno, por su parte, defendía la autonomía del arte frente a los juicios morales externos: cuando reducimos una obra a su contexto, dejamos de interpretarla y empezamos a censurarla.

 

La historia del arte, de hecho, está llena de zonas incómodas. Caravaggio fue un criminal. Richard Wagner un antisemita feroz. Y, sin embargo, sus obras siguen siendo estudiadas, interpretadas y admiradas. No porque se justifique su conducta, sino porque el valor artístico no se agota en la moral de sus protagonistas -ni de sus mecenas-.

 

Pretender que una escultura de Arenas Betancourt es, en sí misma, una exaltación del narcotráfico es una simplificación perversa. Es confundir origen con significado. Es asumir que el arte no puede transformarse, resignificarse, desprenderse de su contexto inicial.

 

Y eso es, en el fondo, negar la posibilidad misma de la cultura.

Porque si vamos por ese camino, tendríamos que revisar buena parte del patrimonio universal: obras financiadas por imperios, por iglesias corruptas, por élites cuestionables. ¡El arte no debe tener prontuario!

 

Aquí hay, además, una contradicción más profunda. Si la sociedad cree en la justicia restaurativa —en que alguien que ha pagado su deuda puede reinsertarse—, esa lógica no puede aplicarse de manera selectiva. No puede celebrarse en el escenario político y rechazarse en el cultural. No puede aplaudirse cuando produce votos, pero escandalizar cuando devuelve una escultura.

 

Porque entonces no estamos ante una postura ética. Estamos ante conveniencia moral.

 

La obra de Arenas Betancourt no es Lehder. Tampoco es su pasado. Es, hoy, un objeto cultural que debe ser leído desde el presente. Desde su valor estético, desde su lugar en la obra de uno de los escultores más importantes del país, desde su capacidad de generar conversación.

Y si incomoda, mejor.

 

Nos vemos en la red (0) y en la vía, frente a la escultura de Lennon.

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