Cuando se conocían las primeras imágenes del tirano Nicolás Maduro capturado y extraído de Venezuela, compartí en mi Facebook, la primera fotografía conocida del dictador con una frase: “Con ustedes… un POEMA”. La apreciación molestó a algunos progresistas que no tardaron en controvertir en diferentes tonos y estilos mi publicación. Vamos a responderles.
“Como ha caido de bajo la poesía por estos días” (sic)dijo un profesor y artista. La poesía no es ornamento ni consuelo moral, sino una forma de pensamiento simbólico que irrumpe, incomoda y obliga a leer más allá de lo evidente. Una fotografía puede ser poesía cuando, lejos de embellecer, concentra una paradoja histórica y simbólica que obliga a pensar: la imagen de un dictador capturado —verdugo devenido cuerpo frágil— no celebra ni absuelve, sino que expone, con crudeza poética, el colapso de una narrativa de poder.
Siguiendo con los comentarios, un comunicador social en ejercicio apeló a la falacia del hombre de paja: “Yo no entiendo cómo hay gente que defiende el intervencionismo con la excusa de que el derecho internacional ya no es opcional”. Esa afirmación no responde a lo que escribí, sino a lo que necesitan que yo haya escrito. No defendí intervenciones militares ni la relativización del derecho internacional. Se desfigura el argumento para poder atacarlo con comodidad moral.
Lo que expresé no era del ámbito de la geopolítica ni derecho internacional, sino la lectura simbólica de una imagen. Pero para algunos de mis contactos progresistas en mi cuenta personal de Facebook, el problema no fue lo que efectivamente expresé, sino la amenaza misma del disenso interpretativo. Toda desviación se lee como sospecha ideológica. Así,para ellos, la libertad de expresión se invoca como principio abstracto, pero se restringe en la práctica cuando incomoda, cuando no confirma su relato, cuando obliga a pensar fuera de su marco.
En el catálogo de falacias publicadas en mi muro de Facebook aparece esta perla redactadapor un académico y escritor(no es sarcasmo): “Que un profesor universitario hable de que ve o interpreta poesía en la foto de un dictador, capturado ilegalmente y mediante invasión foránea, dice del fracaso total de nuestra educación. Solo se le ocurre a una persona sin ninguna conciencia de lo público y sin conciencia política”. Aquí confluyen dos falacias evidentes. La primera, nuevamente, es la del hombre de paja: se me atribuye una defensa de una captura ilegal y de una invasión extranjera que no he mencionado ni sugerido. La segunda es un ad hominem de manual: no ataca la idea, el comentario opta por desacreditar al autor, su profesión y su supuesta moral. Cuando la ideología se impone y se ve amenazada, aparece el insulto; cuando falta razón, se invoca la superioridad ética.
Finalmente, un experimentado periodista sentenció: “…por eso es urgente una reforma educativa tal y como lo plantean algunos expertos…”. A lo que respondí allí mismo: “¿Una reforma para sacar a los que no piensan como ustedes? Qué barbaridad el sentido de democracia y libertad que tienen estos que se hacen llamar demócratas”. Y ahí está el problema de fondo: cuando el disenso se vuelve intolerable, la educación deja de ser un espacio de pensamiento crítico y se convierte en un mecanismo de depuración ideológica. No es libertad lo que defienden, es control del sentido.
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