Fachadas.
Coloridas pero vacías.
Y no estoy hablando de casas.
Hay algo profundamente mágico en cerrar los ojos y escuchar. En medio de una cultura saturada de pantallas, la experiencia sonora conserva una potencia singular: no compite por la mirada, sino que habita el tiempo. Cada 13 de febrero, el Día Mundial de la Radio ofrece una ocasión para pensar ese fenómeno que nació como tecnología y terminó convirtiéndose en lenguaje.
Aunque ya no puede afirmarse sin matices que la radio sea el medio más usado del mundo —especialmente en un ecosistema atravesado por internet y plataformas digitales— sí es posible sostener con fundamento que continúa siendo uno de los dispositivos comunicativos de mayor alcance social, particularmente por su bajo costo, su accesibilidad y su capacidad de operar en contextos de emergencia, ruralidad o desigualdad tecnológica.
Sin embargo, reducir la radio a su cobertura sería empobrecer la discusión. La radio nació como sistema de transmisión, pero pronto produjo algo más profundo: una narrativa propia. Lo radiofónico no se limita al soporte hertziano ni al aparato receptor; constituye una forma específica de organizar la experiencia a partir del sonido.
Los estudios sobre las mediatizaciones sonoras han señalado que la teoría de la comunicación privilegió durante décadas la escritura y la imagen, relegando el sonido a un lugar secundario.
Esa desatención no es menor. El oído, ese sentido siempre abierto, produce modos de percepción, memoria y sociabilidad distintos a los de la vista. Escuchar no es simplemente oír: es construir sentido en ausencia de imagen.
La radio consolidó géneros, el informativo, el radioteatro, el relato deportivo, el magazine,que estructuraron rutinas colectivas durante el siglo XX. Pero su aporte decisivo fue la configuración de un lenguaje basado en la voz, el silencio, la música, el efecto sonoro y el montaje. Con recursos mínimos, fue capaz de recrear escenarios completos y activar la imaginación del oyente. En esa operación reside su potencia cultural: el sonido no ilustra la realidad, la produce simbólicamente.
Hoy, en la era del pódcast, el streaming y los asistentes de voz, lo radiofónico ha desbordado su canal original. La digitalización no supone su desaparición, sino su reconfiguración. Persisten la centralidad de la voz, la intimidad de la escucha mediante auriculares y la capacidad de construir mundos posibles a partir de lo sonoro. Cambian los dispositivos; permanece la lógica discursiva.
Así, la propia UNESCO ha subrayado que la radio conserva un papel relevante en la promoción del debate democrático y la diversidad de voces.
Ese reconocimiento trasciende la tecnología y dirige la atención a la radio como espacio de escucha pública.
Celebrar la radio, entonces, no es un gesto nostálgico. Es identificar que, más allá de las pantallas y las métricas digitales, seguimos necesitando relatos que entren por el oído y nos obliguen a imaginar.
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En el debate actual sobre inteligencia artificial, el término modelos frontera aparece cada vez con más frecuencia. Se usa para referirse a los sistemas más avanzados del momento, pero también funciona como una etiqueta cargada de poder: tecnológico, económico y político. Hablar de modelos frontera no es solo hablar de innovación, sino de quién marca los límites de lo posible.
En términos simples, un modelo frontera es un sistema de IA de uso general entrenado con enormes volúmenes de datos y capacidad de cómputo, capaz de rendir al más alto nivel en muchas tareas a la vez: escribir, programar, razonar, analizar imágenes o tomar decisiones complejas. Su rasgo distintivo no es solo la potencia, sino la aparición de comportamientos emergentes: habilidades que no fueron programadas explícitamente y que surgen con la escala, como el razonamiento en varios pasos o la planificación autónoma.
Durante años, la idea dominante fue que avanzar en IA significaba construir modelos cada vez más grandes. Hoy esa visión empieza a resquebrajarse. La frontera ya no es una sola. Se ha fragmentado.
Por un lado, sigue existiendo una frontera de rendimiento, liderada por grandes modelos propietarios que empujan el techo de la inteligencia artificial. Pero junto a ella aparecen otras fronteras igual de relevantes. La frontera de la eficiencia, donde se demuestra que mejores diseños pueden lograr resultados comparables con muchos menos recursos. La frontera de los costos, que pone el foco en cuánta inteligencia es viable a gran escala. Y la frontera multimodal, que exige modelos capaces de comprender texto, imágenes, audio y video de forma integrada.
Este cambio tiene consecuencias importantes. La inteligencia artificial ya no se mide solo por lo que un modelo puede hacer en condiciones ideales, sino por qué tan accesible, sostenible y útil es en contextos reales. En otras palabras: importa tanto la inteligencia como el precio, la energía y el control.
Aquí entra en juego la diferencia entre modelos cerrados y modelos de peso abierto. Los primeros siguen ofreciendo el máximo rendimiento y una experiencia más controlada. Los segundos, en cambio, ganan terreno por razones prácticas: menor costo, mayor control sobre los datos y posibilidad de adaptación local. En muchos usos cotidianos, la diferencia de desempeño es mínima frente a las ventajas operativas.
Por eso, cada vez más organizaciones optan por enfoques híbridos: modelos cerrados para tareas críticas y exploratorias; modelos abiertos para producción, escala y cumplimiento normativo.
Aunque estos avances suelen alimentar fantasías sobre una IA autónoma y fuera de control, el riesgo real no está en máquinas conscientes, sino en la delegación silenciosa de decisiones humanas a sistemas cada vez más opacos. También plantean preguntas incómodas sobre concentración de poder y regulación.
Con todo eso, evitar tanto el alarmismo como la fascinación ciega es clave.
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En las dos columnas anteriores propuse leer la fusión entre Caracol Radio y La W no como un hecho coyuntural, sino como la continuidad de un formato y de una relación con la audiencia. Para cerrar la serie, vale la pena dar un paso más: entender este movimiento como parte de una transformación más profunda de la radio y de sus mediaciones.
El Grupo Prisa parece haber comprendido que la transformación digital no se reduce a estar en redes o a replicar contenidos en otras pantallas. Se trata de un tránsito progresivo de canal, soporte y medio: de las ondas hertzianas a la nube. La radio ya no se concibe solo como frecuencia, sino como ecosistema.
Ese cambio incluso se expresa en lo simbólico. El paso del logo de Caracol de círculos cerrados a semicírculos abiertos no es solo un ajuste gráfico: sugiere apertura, tránsito y, lo más obvio, la representación de la nube con el ícono Wifi. La radio deja de ser un sistema cerrado para convertirse en un flujo que se completa en otros espacios, especialmente en lo digital.
En ese contexto, la fusión también abre espacio para contenidos pensados directamente para el entorno en línea. El promover la sintonía del video streaming (visual radio)y respecto a las frecuencias tradicionales, privilegiar la radio hablada en la señal básica y desplazar la radio musical, se empuja, de manera deliberada, a una parte de la audiencia hacia la app. No es una decisión inocente: se busca formar hábitos digitales, construir audiencias propias en plataformas y modificar rutinas de escucha.
Aquí aparece un punto clave de mediación. La industria ha identificado que la audiencia no quiere solo playlists infinitas. Quiere compañía, calidez humana, voces que hablen, que acompañen, que construyan vínculo. Por eso los DJs vuelven a ser centrales incluso en entornos virtuales. No es casual que Spotify haya creado DJs artificiales -la plataformaentiende que la música sin mediación humana no basta-.
La radio hablada, en ese sentido, se convierte en un refugio frente a la automatización total. No solo informa: acompaña, ordena el día, produce cercanía. Eso explica por qué el formato de Julio Sánchez Cristo no solo resiste la fusión, sino que se potencia en ella.
También explica por qué Julio ha intensificado su presencia en plataformas digitales, a las que durante años fue reacio.
Hoy construir y explotar canales propios no es solo una estrategia de expansión, sino de blindaje. Ante una eventual caída o debilitamiento del medio tradicional, el conductor ya no depende exclusivamente de la emisora: se suma a esa nueva generación de realizadores que son el medio, apoyados en los canales que ofrecen las plataformas.
Sin embargo, este proceso no está exento de pérdidas. La fusión ha tenido efectos territoriales poco discutidos, como la desaparición de frecuencias musicales adulto contemporáneas en regiones como el Quindío, donde, en un mercado reducido y dominado por música popular y tropical, un segmento de la audiencia queda desatendido. A esto se suma un cambio en los hábitos de escucha: La radio tradicional sigue siendo fuerte en el carro y la migración a la app exige más pasos y mayor atención, complejizando la experiencia en movilidad y obligando a las cadenas a educar a la audiencia en el uso de lasplataformas.
Entre el aire y la nube, entre la costumbre y el algoritmo, lo que sigue marcando la diferencia es la relación humana que se construye con la audiencia. Y en esa transición, algunos formatos —y algunos conductores— llegan mejor preparados que otros.
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En la columna anterior propuse dejar de observar la reciente fusión de los informativos de Caracol Radio como un hecho coyuntural y comenzar a leerla desde una categoría menos visible, pero decisiva: el formato. Allí sugerí que, más que el nacimiento de un programa nuevo, lo que está ocurriendo es la reconfiguración de una arquitectura sonora ya probada. En esta segunda entrega quiero detenerme en el núcleo de esa arquitectura y explicar por qué el formato propuesto por Julio Sánchez Cristo es original, replicable y notablemente resistente a los cambios institucionales.
El primer componente estructural del formato es el conductor. No en el sentido operativo del presentador, sino como figura de legitimidad y mediación. Julio Sánchez Cristo no es solo una voz reconocible: es un actor con capital simbólico acumulado en el sistema mediático, político y cultural del país. Esa legitimidad le ha permitido, históricamente, trasladar a su audiencia entre frecuencias, casas radiales y estructuras programáticas. Lo hizo al pasar de Caracol a RCN, luego al regresar, y vuelve a hacerlo ahora en el tránsito entre La W y 6AMW dentro de la misma cadena.
Ese conductor no opera en solitario. El segundo elemento es un equipo diseñado para cubrir la agenda desde múltiples ángulos, sin perder unidad narrativa. En esta nueva etapa, el programa se apoya en la fortaleza territorial histórica de Caracol, ampliando de forma significativa la presencia regional que tenía en W Radio. Sin embargo, la lógica sigue siendo la misma: muchas voces organizadas alrededor de un tema del día que no se limita a ser enunciado, sino explorado, discutido y conectado con distintas capas de la realidad que incluyen la participación de los oyentes, sello inconfundible de Julio. Este formato ha sido, además, imitado durante años por otras emisoras.
El programa presenta una diferencia clave frente al noticiero clásico. No hay rigidez ni solemnidad excesiva. El recorrido es ecléctico: de lo local a lo internacional, de la política dura a la cultura popular, con una naturalidad conversacional que convierte la información en experiencia compartida. Las noticias no se declaman: se ponen en relación.
Esa ausencia de rigidez no implica desorden. Es, precisamente, lo que permite la hibridación del formato. Reaparece, herencia de 6am, una sección más cercana al radioperiódico tradicional, con lectura organizada de noticias, pero convive con elementos propios del magazín informativo: comentarios superficiales, referencias culturales, música, humor y momentos de distensión que no banalizan la información, sino que la hacen más cercana, dinámica y accesible para la audiencia.
Las primeras emisiones presentaron más baches (silencios o cortes abruptos) de lo común. Más que fallas del formato, fueron señales de un proceso de acople. con el paso de los días se ha ido imponiendo, como anticipé, un regreso gradual a la cadencia característica de La W: mayor complicidad en la mesa, menos formalismo y una conversación más fluida. En ese tránsito se percibe también la ausencia de Alberto Casas, quien si bien se escuchaba cansado en las últimas emisiones de W Radio, fungía como una suerte de sabio en el que se apoyaba constantemente Julio dejando además algunos leitmotiv clásicos del programa.
Más allá del formato, este cambio pone en juego las mediaciones. La audiencia no sigueuna emisora, sino una manera de informarse: un tono, un ritmo y una forma de conversar la realidad. Por eso, en este caso, la fusión no es una ruptura, sino un ajuste gradual que recupera claves reconocibles. El formato es, pues, un pacto de confianza entre quien conduce y quien escucha. Lo que queda por observar no es si funciona, sino cómo esas mediaciones se reordenan cuando la radio deja de ser solo frecuencia y se convierte en experiencia compartida entre aire, red y audiencia. Tema de la próxima columna.
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Hace justamente un año estaba iniciando una investigación sobre la estructura de la nota informativa para un artículo que acaba de publicar una prestigiosa revista académica española(del que les hablaré en otra columna),para esto, basado en el ECAR 2024 tercera ola, me dediqué a escuchar las 4 emisoras de mayor audiencia en Colombia: Blu radio, Caracol Radio, W Radio y La Fm. La idea del estudio era identificar la estructura del formato y cómo la nota informativa se insertaba en el mismo, haciendo una morfología de la nota de tal manera que se pudiera identificar la función de cada uno de los elementos sonoros en la pieza periodística y en el programa propiamente dicho.
Menos de un año después el mapa de la radio nacional ha cambiado. El 17 de julio de 2025 se fusionaron la cadena básica de RCN (ya no se llamaba así, solo RCN, pero yo soy vieja guardia)y la Fm, mientras el martes 13 de enero de este 2026 se acaban de fusionar Caracol -cadena básica- y la W radio. Este, que es un tema del que se ha especulado y en todo caso fluido tinta digital y análoga. Tiene aristas empresariales, técnicas, mediáticas, mediales y de mediaciones. Esta columna se extenderá a un par más, veremos cuántas nos toma desmenuzar algunos de los elementos que envuelven el asunto.
Es esta primera me enfocaré en lo que es el formato, así que iniciemos por definirlo, así podremos comprender mejor de qué se trata el “nuevo” programa informativo de Caracol Radio. El formato radiofónico es la estructura creativa que articula lenguajes sonoros, dinámicas narrativas, mediaciones culturales y talentos para dar identidad, coherencia y continuidad a un espacio sonoro. Esto permite que el programa sea reproducido -en el sentido de hacerlo igual o muy parecido- y adaptado en diferentes territorios y condiciones.
La teoría clásica de la radio indica que existen dos macro géneros de programas: Informativos y de Ficción. En este caso estamos en el primero, dentro de estos, los hay de tipo magazín, radioperiódicos y noticiero. Conforme a mi investigación todos los informativos analizados en 2025 se correspondían con el formato radioperiódico, pero con algunos matices, los dos creados por Julio Sánchez Cristo (La Fm y W Radio) tenían un fuerte componente de entretenimiento lo que le da trazas de magazín a los programas y un sello inconfundible de su creador.
Se podría decir, desde la teoría de Mario Kaplún, que el noticiero enumera la realidad, el radioperiódico la interpreta y el magazín la reconfigura en clave de proximidad, dinamismo y diversidad temática.
Desde esta perspectiva, el interés no está en la fusión de los informativos de Caracol radiocomo hecho coyuntural, sino en el formato que la hace posible sin fracturas. En la radio colombiana contemporánea son pocos los casos —después de Yamid Amat y 6am— en los que puede hablarse con propiedad de una estructura original, reconocible y replicable, y en ese sentido el formato creado por Julio Sánchez Cristo constituye una excepción notable. No se trata solo de un programa exitoso, sino de una arquitectura sonora capaz de absorber información dura, conversación, entretenimiento y opinión sin perder identidad. En la próxima columna me detendré a mostrar por qué este “nuevo” formato no es del todo nuevo: cómo modera el componente magazín de la W y, al mismo tiempo, amplía la laxitud interpretativa del histórico radioperiódico de Caracol.
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Cuando se conocían las primeras imágenes del tirano Nicolás Maduro capturado y extraído de Venezuela, compartí en mi Facebook, la primera fotografía conocida del dictador con una frase: “Con ustedes… un POEMA”. La apreciación molestó a algunos progresistas que no tardaron en controvertir en diferentes tonos y estilos mi publicación. Vamos a responderles.
“Como ha caido de bajo la poesía por estos días” (sic)dijo un profesor y artista. La poesía no es ornamento ni consuelo moral, sino una forma de pensamiento simbólico que irrumpe, incomoda y obliga a leer más allá de lo evidente. Una fotografía puede ser poesía cuando, lejos de embellecer, concentra una paradoja histórica y simbólica que obliga a pensar: la imagen de un dictador capturado —verdugo devenido cuerpo frágil— no celebra ni absuelve, sino que expone, con crudeza poética, el colapso de una narrativa de poder.
Siguiendo con los comentarios, un comunicador social en ejercicio apeló a la falacia del hombre de paja: “Yo no entiendo cómo hay gente que defiende el intervencionismo con la excusa de que el derecho internacional ya no es opcional”. Esa afirmación no responde a lo que escribí, sino a lo que necesitan que yo haya escrito. No defendí intervenciones militares ni la relativización del derecho internacional. Se desfigura el argumento para poder atacarlo con comodidad moral.
Lo que expresé no era del ámbito de la geopolítica ni derecho internacional, sino la lectura simbólica de una imagen. Pero para algunos de mis contactos progresistas en mi cuenta personal de Facebook, el problema no fue lo que efectivamente expresé, sino la amenaza misma del disenso interpretativo. Toda desviación se lee como sospecha ideológica. Así,para ellos, la libertad de expresión se invoca como principio abstracto, pero se restringe en la práctica cuando incomoda, cuando no confirma su relato, cuando obliga a pensar fuera de su marco.
En el catálogo de falacias publicadas en mi muro de Facebook aparece esta perla redactadapor un académico y escritor(no es sarcasmo): “Que un profesor universitario hable de que ve o interpreta poesía en la foto de un dictador, capturado ilegalmente y mediante invasión foránea, dice del fracaso total de nuestra educación. Solo se le ocurre a una persona sin ninguna conciencia de lo público y sin conciencia política”. Aquí confluyen dos falacias evidentes. La primera, nuevamente, es la del hombre de paja: se me atribuye una defensa de una captura ilegal y de una invasión extranjera que no he mencionado ni sugerido. La segunda es un ad hominem de manual: no ataca la idea, el comentario opta por desacreditar al autor, su profesión y su supuesta moral. Cuando la ideología se impone y se ve amenazada, aparece el insulto; cuando falta razón, se invoca la superioridad ética.
Finalmente, un experimentado periodista sentenció: “…por eso es urgente una reforma educativa tal y como lo plantean algunos expertos…”. A lo que respondí allí mismo: “¿Una reforma para sacar a los que no piensan como ustedes? Qué barbaridad el sentido de democracia y libertad que tienen estos que se hacen llamar demócratas”. Y ahí está el problema de fondo: cuando el disenso se vuelve intolerable, la educación deja de ser un espacio de pensamiento crítico y se convierte en un mecanismo de depuración ideológica. No es libertad lo que defienden, es control del sentido.
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