Ejerzo la docencia de manera interrumpida desde agosto del año 2001, cuando orienté mi primera catedra llamada "Medios de comunicación", en la Escuela de Administración y Mercadotecnia del Quindío (EAM). Es decir que han pasado 25 años desde aquella primera experiencia.
Hay una sensación ritual, casi religiosa al ingresar a un salón de clases o un laboratorio, me pasa igual cuando piso un escenario -a un teatro me refiero- se siente un vacío en el estómago y una suerte de luz arropa el espacio. No exagero, me sucede cada vez que ocupo esos lugares. Esa sensación, me hace pensar en el aula como un templo, un lugar que invita a adaptarse a sus reglas, que es visitado por convicción y que llama al uso ritual.
No es una metáfora caprichosa. Mircea Eliade, el historiador de las religiones que documentó la experiencia de lo sagrado, sostenía que todo ritual necesita un territorio propio, un "espacio consagrado, esencialmente distinto del espacio secular”. El aula, bien mirada, cumple esa condición: se entra a ella con un propósito que la separa del resto del edificio, del resto del día. La filósofa María Zambrano llegó a una conclusión parecida desde otro lugar, el de la poesía: para ella el aula era "un espacio propiamente humano o más bien humanizado… un espacio, diríamos, poético". No un contenedor neutro de pupitres, sino un lugar donde ocurre algo que trasciende la simple transmisión de información.
Durante todos estos años de enseñanza he sido testigo de cómo esa relación con el espacio ha cambiado. Y entiendo que ese cambio es natural… esperable. En ese sentido el filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica en su libro La desaparición de los rituales que la digitalización nos ha dejado hiperconectados pero solos, porque produce lo que él llama “comunicación sin comunidad”. No es que los estudiantes de hoy sean peores ni más indiferentes; es que habitan un tiempo donde la conexión ya no se experimenta con el cuerpo presente en un lugar, sino a través de una pantalla que los acompaña incluso cuando están sentados uno al lado del otro.
Byung-Chul Han afirma que los rituales antiguos generaban comunidad sin necesidad de palabras, por pura copresencia corporal, y que ese tejido se está deshilachando en todas partes, no solo en el aula.
Ese es el detonante de esta columna: que el aula se transforme es coherente con la época. Sería ingenuo pedirle a un salón de clases del 2026 que funcione como el de 2001.
Pero coherente no es sinónimo de correcto. Que un estudiante entre al templo y en lugar de mirar a quien tiene al frente mire su teléfono, que veinte cuerpos ocupen el mismo espacio sin que haya entre ellos conexión visual sostenida, no es una actualización de las formas, es, más bien, una degradación del sentido mismo del lugar. El pedagogo Peter McLaren planteaba que el aula siempre ha sido un territorio en el cual se dirimen, en términos simbólicos, conflictos de clase, étnicos y generacionales. Hoy se dirime también, y de manera silenciosa, un conflicto entre la presencia y la desconexión.
Por eso pienso que el aula debería seguir siendo sagrada, no en el sentido religioso de la palabra, sino en el sentido que le daban Eliade y Zambrano: un lugar aparte, con sus propias reglas, que exige de quien lo habita una entrega distinta a la que exige cualquier otro espacio. Aceptar que cambie no puede significar resignarse a que se vacíe.
Escribo esto a puertas de un nuevo semestre, en el mismo tiempo en que se cumplen 25 años de aquella primera clase. El lunes, cuando vuelva al aula y me encuentre con mis estudiantes, lo haré con la misma reverencia de la primera vez y me esforzaré porque se enamoren del ritual.
Nos vemos en la red, nos vemos en clase (0)

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