Descargue Carmesí

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Carmesí es un libro ilustrado de Microcuentos, disponible bajo licencia Creative Commons 4.0 (CC,BY) escrito por Jorge Urrea. Siéntase libre de Descargarlo y compartirlo

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viernes, 24 de julio de 2026

El Congreso frente a la IA

 Con la instalación del nuevo Congreso parece pertinente mirar hacia un viejo proyecto: la ley de inteligencia artificial, que Lleva más de un año recorriendo el trámite legislativo sin convertirse todavía en norma, tiempo suficiente para que el país hubiera madurado el debate. Sin embargo, da la impresión de que seguimos discutiendo la pregunta equivocada: cómo regular una tecnología que Colombia todavía ni siquiera sabe producir.

 

Lo curioso es que el propio Gobierno ya había hecho un diagnóstico mucho más sensatosobre la el papel de la IA en Colombia. En febrero de 2025 aprobó el CONPES 4144, la nueva Política Nacional de Inteligencia Artificial, y allí reconoció que el principal problema de Colombia no es el exceso de IA, sino la falta de capacidades para desarrollarla y aprovecharla. El documento identifica baja inversión en investigación, escasez de talento digital, infraestructura computacional insuficiente, poca disponibilidad de datos de calidad y bajo nivel de adopción empresarial de esta tecnología.

 

La conclusión del CONPES es que el país necesita crear condiciones para investigar, innovar, formar talento y usar la IA de manera ética y sostenible. Por eso organiza la política alrededor de seis ejes, donde la mitigación de riesgos es apenas uno entre varios componentes de una estrategia más amplia de desarrollo tecnológico.

 

Sin embargo, tres meses después, el Gobierno radicó en el Senado un proyecto de ley que parece partir de una premisa distinta: que el principal desafío nacional consiste en controlar una tecnología potencialmente peligrosa. El texto propone clasificar los sistemas de IA según niveles de riesgo, imponer obligaciones de transparencia, crear mecanismos de supervisión y establecer procedimientos y sanciones por afectaciones a derechos fundamentales. Además, toma como referencia explícita la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea y su arquitectura regulatoria basada en categorías de riesgo.

 

Vale la pena preguntarse ¿En qué están pensando realmente los legisladores?

Porque una cosa es proteger derechos fundamentales y otra muy distinta es importar el marco regulatorio de Bruselas como si Colombia fuera una potencia tecnológica comparable a Alemania o Francia. La Unión Europea regula una industria que produce modelos, plataformas y servicios de IA a escala global. Colombia, en cambio, todavía está tratando de construir infraestructura, formar ingenieros y lograr que las empresas usen herramientas básicas de automatización.

Es como si un país sin astilleros decidiera empezar por regular la exportación de portaaviones.

 

Y allí aparece una contradicción que el propio Estado no parece advertir. El diagnóstico técnico indica que "necesitamos capacidades", en contradicción con la propuesta legislativa que manifiesta que "necesitamos controles". El riesgo de esa inversión de prioridades es gigante. Una regulación compleja puede ser manejable para las grandes multinacionales tecnológicas, pero suele convertirse en una barrera para universidades, startups y pequeñas empresas locales, que son precisamente las que el CONPES pretende fortalecer.

 

Tanto el proyecto de ley como buena parte del debate público colombiano parecen obsesionados con los escenarios más alarmistas: vigilancia biométrica, manipulación masiva, decisiones automatizadas opacas. Esos riesgos existen y deben ser atendidos, pero no son hoy el problema más urgente del país en términos de IA

 

El Congreso todavía está a tiempo de corregir el rumbo. La cuestión no debería ser cómo adaptar la regulación europea, sino cómo diseñar un marco proporcional al estado real del ecosistema colombiano. Una buena ley de IA para Colombia tendría, a mi juicio, dentro de sus prioridades: Presupuesto, fortalecer talento, facilitar experimentación responsable y proteger derechos en usos sensibles como salud, empleo y seguridad. Lo demás puede desarrollarse gradualmente, a medida que exista una industria nacional que valga la pena regular. 

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Jorge

 Hay derrotas que duelen más que perder una elección. La crítica se sobrevive. El olvido, no.

La semana pasada una columna proponía "silenciar a Petro" pero el debate se fue por el camino equivocado. Durante días discutimos si la palabra era desafortunada, si sonaba a censura o si era una invitación legítima a dejar de amplificar cada uno de sus trinos -yo opino que sí que lo es- Pero causó el efecto contrario, Petro volvió a convertirse en el protagonista de la conversación.

 

Por eso creo que el verbo correcto no es silenciar sino olvidar. No olvidar su gobierno, que deberá ser juzgado por la historia, sino abandonar la costumbre de convertir cada declaración, cada provocación y cada publicación en X en el acontecimiento político del día.. Porque ese ha sido el combustible de un liderazgo construido alrededor de la atención permanente.

 

A mi juicio, Petro nunca gobernó como un estadista. Gobernó como un líder de rasgos narcisistas obsesionado con permanecer en el centro del escenario. El estadista tiene claroque las instituciones deben sobrevivirlo. El liderazgo de rasgos narcisistas necesita que el reflector nunca se apague. Por eso en varias ocasiones el presidente ha insistido en que será "inolvidable" –hasta en la cama-

 

En el Consejo de ministros del martes Petro respondió a quienes afirman que quiere impedir la posesión del presidente electo: "Muchos piensan que nosotros queremos que no se posesione. Nosotros no estamos pensando que no se posesione..." e inmediatamente introdujo otro elemento que merece atención. Habló de un eventual estallido social, recuerdó que millones votaron por Abelardo de la Espriella y dejó planteado que ese será un asunto de análisis político.

Esa afirmación no parece estar en el vacío.

 

George Lakoff ha explicado que negar un marco es la manera más eficaz de activarlo. Su célebre ejemplo —"No piensen en un elefante"— demuestra que el cerebro primero construye la imagen y después procesa la negación. Petro hizo exactamente eso. Para asegurar que no pretende prolongar su mandato habló de dictadura, de soldados enfrentando al pueblo, de un estallido social y hasta de "otras armas que la ciudadanía pondría". Nadie le estaba preguntando por un golpe de Estado; fue él quien llevó la conversación hasta ese terreno. Negó el escenario después de haberlo instalado.

 

Atando acabos, Hace pocos días Vivina Marín, secretaria política de la Juventud Comunista, afirmó que la tarea era "hacer invivible este país para Abelardo de la Espriella". Y justo el martes el político antioqueño @Mauriciotobonf informó en X “Aproximadamente 45 buses escalera se desplazan hacia Bogotá…” Estas situaciones revelan una concepción preocupante de la oposición: no como control democrático al poder, sino como estrategia de confrontación permanente.

 

La campaña terminó, pero la lógica de la campaña parece no haber terminado. El objetivo ya no sería disputar el poder desde el Gobierno, sino conservar el liderazgo de la oposición ocupando todos los días el centro del debate nacional.

 

Petro quiere seguir gobernando la conversación, aunque ya no gobierne el país. Para lograrlo necesita exactamente lo mismo que necesitó durante cuatro años: nuestra atención. Los algoritmos no distinguen entre admiradores y detractores; ambos alimentan el mismo protagonismo. Olvidémonos de Petro, para un liderazgo construido sobre la necesidad permanente de atenciónel odio sigue siendo una forma de reconocimiento. Lo único verdaderamente insoportable es el olvido.

 

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Cambiar la pregunta

Hay artículos académicos que confirman lo que ya sospechábamos. Y hay otros, mucho más escasos, que cambian la pregunta. Hace unos días encontré uno de esos.

Se titula La brecha: lógicas tradicionales y computacionales en la detección de noticias falsas", publicado este año en la revista científica Comunicar por la investigadora rusa Svetlana Bodrunova, de la Universidad Estatal de San Petersburgo.

Durante años hemos repetido que vivimos en la era de las fakenews. Se han creado verificadores de datos, algoritmos para detectar mentiras y herramientas de inteligencia artificial capaces de clasificar contenidos como verdaderos o falsos. Parecería que el gran desafío consiste simplemente en identificar la mentira y eliminarla.

El artículo, al que me ferierosostiene que esa idea, aunque intuitiva, está incompleta.

Bodrunova plantea que existen dos maneras muy diferentes de entender el problema. Por un lado están las ciencias de la comunicación, que saben desde hace décadas que entre un hecho y una mentira existe un amplio territorio de interpretaciones, matices, opiniones, sátiras, sesgos y propaganda. Por el otro están los sistemas computacionales, que necesitan respuestas binarias: verdadero o falso, sí o no, uno o cero.

La paradoja es que, los computadores funcionan mejor cuando simplifican la realidad. Pero la comunicación humana rara vez funciona así.

Una columna de opinión no es una noticia. Una caricatura política no es un informe técnico. Una interpretación puede ser discutible sin ser falsa. Incluso un titular puede ser tendencioso sin convertirse automáticamente en una mentira. Reducir toda esa complejidad a un semáforo de "verdadero" o "falso" termina siendo una simplificación que puede empobrecer el debate público.

En mi criterio la idea más poderosa del artículo es la de la "frontera borrosa". La autora recuerda que las democracias necesitan proteger la verdad, pero también la posibilidad de interpretar la realidad desde perspectivas distintas. Si desaparecen los matices, cualquier desacuerdo puede terminar etiquetado como desinformación. Y ese es un riesgo tan serio como la propia mentira.

Como alternativa, la investigación propone dejar de preguntar únicamente si un contenido es verdadero o falso. Sugiere examinar al menos cinco dimensiones: qué parte corresponde a hechos y cuál a interpretaciones; qué tan sólida es la evidencia; quién produce el contenido —un medio de comunicación o un usuario cualquiera— y, en tiempos de inteligencia artificial, si fue elaborado por una persona, una máquina o una combinación de ambas.

Así pues, este es un filtro apropiado para cambiar la pregunta respecto a lo vemos en las plataformas digitales, no se trata solo de si es verdadero o falso sino de indagar en los matices.

 

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Después del ruido

 Después de esta campaña electoral creo que necesito un mes entero viendo videos de gatos y recetas de cocina, o haciendo experimentos fotográficos y sonorosLo digo de verdad. El peso acumulado de la información —y de la desinformación—, las malas energías, los insultos, las medias verdades, las amenazas veladas y las actitudes agresivas de fanáticos enardecidos —y ahora también ardidos— terminan pesando sobre el pecho de una manera difícil de explicar.

 

Se trata del cansancio que produce estar atento al devenir de una campaña presidencial, de meses en los que nuestras plataformas se convirtieron en una sucesión interminable de escándalos, acusaciones, rumores, indignaciones programadas y predicciones apocalípticas. Cada notificación proyectaba una nueva crisis. Cada publicación prometía una revelación definitiva. Cada discusión terminaba pareciéndose a la anterior.

 

Por eso, terminada la contienda, siento una extraña mezcla de agotamiento, tristeza y saturación. Como si hubiera pasado demasiado tiempo observando el conflicto y demasiado poco viviendo lo que me corresponde.

 

Pensando precisamente en esa sensación, encontré un artículo académico que ayuda a entender lo que ocurre. Se trata de "Recuperando nuestras mentes: cómo mitigar los impactos negativos del consumo compulsivo de noticias alarmantes", publicado en 2024 por los investigadores Shaji George, Hovan George y Baskar. Allí analizan un fenómeno cada vez más común: el doomscrolling, es decir, la tendencia a desplazarnos compulsivamente por flujos interminables de noticias negativas, conflictos, tragedias y contenidos diseñados para mantener nuestra atención atrapada.

 

Los autores sostienen que este comportamiento se disparó durante la pandemia, pero que hoy se extiende a cualquier contexto marcado por la incertidumbre y la polarización -verbigracias la contienda electoral-. Según su revisión, la exposición constante a información alarmante activa mecanismos biológicos asociados al estrés, incrementa la ansiedad, deteriora la calidad del sueño y puede generar agotamiento emocional. Incluso advierten sobre la posibilidad de desarrollar lo que denominan trauma vicario: una afectación psicológica derivada de exponerse repetidamente al sufrimiento ajeno sin haberlo vivido directamente.

 

El artículo cae como anillo al dedo en este cierre de elecciones. Durante meses muchos ciudadanos permanecimos conectados a una corriente inagotable de encuestas, controversias, ataques, videos manipulados, denuncias, teorías conspirativas y pronósticos catastróficos. No porque nos guste sufrir, sino porque nos obligamos a mantenernos informados. Sobre esto, los investigadores recuerdan que existe una diferencia importante entre estar informado y quedar atrapado en una espiral de consumo compulsivo de información negativa.

 

El artículo llama a recuperar el control sobre nuestra atención. Poner límites. Descansar. Elegir cuándo informarnos y cuándo apagar la pantalla. Una democracia necesita ciudadanos informados –no hay duda-, pero también capaces de conservar la serenidad, el criterio y la esperanza.

 

Después del ruido electoral: Vamo a calmarno

 

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Los dueños de la moral

 Los dueños de la moral tienen memoria a corto plazo. No logran dilucidar que sus palabras taimadas y sus ideas correctas son solamente una máscara de la inconmensurable cantidad de hechos que contradicen sus propios principios.

 

Los dueños de la moral se aferran con garras -de hiénidos no de felino- a frases hechas que perdieron sentido cuando sus actos pusieron en evidencia lo que verdaderamente tienen en su corazón.

 

Los dueños de la moral se aferran a slogans: “Paz total” “Me la juego por la vida” que no son capaces de defender con hechos, que no son capaces de honrar. Que apenas si pueden pronunciar. Slogans vacíos porque no se cumplen, frases hechas para alienar, letra muerta, como los muertos por la falta de medicamentos y atención médica o la guerra por el territorio, las drogas, el oro y la ideología.

 

Los dueños de la moral destruyen, incendian, apuñalan, mientras en sus bocas se dibuja la palabra paz. Vituperan, calumnian, siembran odio. ¡Qué contradicción! Proclaman el respeto, pero no lo ejercen.

 

Los dueños de la moral, hablan de decoro, se autoproclaman decentes, mientras lavan la cara de ladrones que se quedan con la plata de quienes pagamos impuestos. O miran para otro lado cuando nombran incapaces sin formación en puestos del Estado. ¿Qué es eso sino corrupción?  

 

Los dueños de la moral claman por consideración a la diferencia, pero no toleran que otros se expresen respecto a lo que ellos no comparten. Y peor aún, esto los lleva a ser violentos, tanto o peor como los violentos que ellos odian, como los fasistas que describen en arengas y grafitis. Son violentos en los muros de las calles y en los muros de las redes sociales. Son violentos pero se dicen pacifistas, amorosos, vitalistas. En realidad son intolerantes. 

 

A los dueños de la moral ahora les molesta que alguien atente contra su sabroso statu quo. Les incomoda que les hablen duro, les fastidia la grandilocuencia. ¡Raro! porque hace 4 años eso era exactamente lo que les privaba. Les encantaba que su líder era -y sigue siendo, mientras viola la ley al hacer política desde el puesto- frentero, sin pelos en la lengua.¡Todo un orador!

 

¡Ah! pero no hay que olvidar que los dueños de la moral tienen memoria a corto plazo.

 

De todos modos, perdieron el derecho moral para “hacer oposición” a lo que se les ocurra que hagan sus odiados políticos. Porque a los dueños de la moral, sus líderes, les han restregado el catálogo completo de trampas protagonizando cada “jugadita” que han criticado y denunciado siendo oposición.

 

No pueden seguir en las mismas y no podemos dejarnos avergonzar por no creernos dueños de la moral.

 

Nos vemos en la red (0) y en las urnas.

 

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