martes, 19 de mayo de 2026
¿Para qué existe la universidad?
La Universidad de Yale publicó hace unas semanas un informe incómodo y profundamente autocrítico sobre la pérdida de confianza en la educación superior. Y aunque fue escrito pensando en Estados Unidos, muchas de sus conclusiones parecen redactadas mirando cualquier campus latinoamericano.
El documento parte de la idea de que la universidad dejó de ser percibida como un lugar dedicado a crear y transmitir conocimiento. En el intento de ser todo al mismo tiempo: escenario político y moral, marca global y centro de entretenimiento terminó diluyendo su propósito esencial.
No es difícil darles la razón.
Durante años muchas universidades han confundido formación crítica con militancia permanente. Convertir cualquier discusión académica en una batalla ideológica no ha fortalecido el pensamiento crítico; más bien lo acota. A más activismo, menos tiempo para la academia.
El informe de Yale insiste en que la misión universitaria debe volver a centrarse en la enseñanza y la investigación. Esa -creo yo- es la discusión urgente: investigar más, investigar mejor y fortalecer la investigación formativa. Porque muchos estudiantes llegan hoy sabiendo consumir información, pero no necesariamente producir conocimiento.
Además, la propia IA está mostrando un límite importante, el internet muerto, en en perspectiva con las declaraciones de Altman el CEO de OpenAI son contundentes, el conocimiento enciclopédico de la IA ya se agotó, se requiere campo para renovarlo, y para eso se necesitan investigadores que salgan a recolectar datos.
Donde me distancio en el informe es en su propuesta de restringir drásticamente la tecnología en las aulas. Yale recomienda una política de “cero dispositivos”: sin celulares, portátiles o tabletas. La motivación es comprensible. Los profesores describen estudiantes físicamente presentes pero mentalmente atrapados en TikTok, WhatsApp y el scrollinfinito. -Confieso que me pasa y me decepciona- Tengo uno que lleva el computador y juega con control y todo en la clase. Pero prohibir la tecnología sería como intentar vaciarel océano con un balde.
La tarea universitaria no consiste en expulsar la tecnología del aula sino en enseñarle al estudiante a convivir críticamente con ella. Apropiarla, comprenderla, dominarla.
La inteligencia artificial y las plataformas digitales no son una moda pasajera: son el entorno en el que nuestros estudiantes van a vivir y trabajar.
El problema no es el computador abierto. El problema es una generación que nunca aprendió a concentrarse.
El informe toca otra herida: la caída de la exigencia académica. Muchos estudiantes llegan menos preparados para la frustración y con menor tolerancia al esfuerzo sostenido. Leer completo parece excesivo. Profundizar es castigo. Y escribir sin ChatGPT empieza a sentirse casi como una tortura.
Tal vez sí llegó la hora de aumentar nuevamente el grado de exigencia. No por nostalgia profesoral, sino porque el conocimiento serio sigue requiriendo tiempo, atención y disciplina. A mí personalmente me afecta. Mi estilo pedagógico parte de otra premisa: la de enseñar al que quiere aprender, de hacerlo con respeto y con amor, también con flexibilidad responsable. Pero los límites se están alcanzado.
Si el aula pierde la capacidad de formar personas capaces de concentrarse, argumentar y cuestionar, entonces el problema ya no será político. Será civilizatorio.
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Rock nuevo para viejos
Hay algo sospechoso, y por eso mismo interesante, en las listas de recomendaciones. Más aún cuando vienen de alguien como Enrique Bunbury, que ha visto pasar varias “resurrecciones del rock” sin inmutarse. Cuando él señala bandas jóvenes que reviven el rock conviene escucharlas… pero también desconfiar un poco. Porque el rock lleva veinte años “volviendo”, mejor dicho no se ha ido.
Algo sí está pasando cuando aparecen bandas como Geese, quizá la más incómoda de todas. Según las críticas, su propuesta es caótica, ansiosa, fragmentada. En vivo, esa sensación se hace intensa: ruido, tensión, teatralidad. Suenan potente y con un estilo alquenos podemos acomodar los que nos quedamos en el rock de los 80. Su canción más popular en Spotify es “Au Pays du Cocaine”
Más consolidados están Fontaines D.C.. Su caso es particular: una crítica casi unánime a su favor sin caer en lo complaciente. Un post-punk literario, oscuro, donde la palabra pesa tanto como el sonido. Han entendido algo clave: el rock no necesita gritar para ser político.Su canción más popular en Spotify es “I love You”
En el extremo opuesto está IDLES, donde todo es exceso. Energía, activismo. Son una banda física que en directo arrolla. Ellos cargan con su propia concepción del mundo: una postura ideológica que a veces, para mi gusto, es demasiado explícita. Aun así, los sostieneque creen en lo que dicen. Son auténticos. Su canción más popular en Spotify es “The Godof Lying”.
Finalmente, Wet Leg, que reprentan el juego que terminó siendo verdad. Nacieron con ligereza, casi como una ocurrencia, pero rápidamente demostraron que había algo más. Su música combina sarcasmo, deseo y una despreocupación calculada. Con unos ritmos que atrapan y una voz femenina casi desganada que coquetea en el susurro. Su canción más popular en Spotify es “Mangetout”.
¿Qué une a todas estas bandas?
No es un sonido homogéneo. Es una actitud.
Ninguna intenta “salvar el rock”, aunque la crítica insista en esa narrativa perezosa. Más bien lo deforman, lo llevan a sus terrenos, lo contradicen. Unas desde el ruido, otras desde la poesía, otras desde la ironía.
Gracias a Bunbury por su música y por su buen criterio curatorial, estas bandas -que no conocía- lograron sacarme del heavy metal de los 80 por un momento y refrescar mi playlist. Espero que a ustedes amables lectores les pase igual.
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La contraseña es incorrecta
Hay dos certezas en la vida moderna: uno no sabe qué va a almorzar mañana… y tampoco sabe su contraseña hoy.
El drama empieza en casa. La mamá frente al computador:
—“¿Cuál era la clave?”
Uno responde con seguridad de experto en ciberseguridad de barrio:
—La de siempre, mamá.
—“¿La de siempre? – ¡Tú la creaste…!
Silencio. Crisis. Colapso del sistema.
Porque en este mundo uno no tiene una contraseña. Tiene un batallón de claves:la del banco, la del correo, la del correo de recuperación del correo, la del Netflix, la del WiFi que nunca funciona, la del portal institucional que pide cambiarla cada ocho días “por seguridad”… o por sadismo.
Y entonces aparece el método científico colombiano:
“123456”… no.
“1234567”… tampoco.
“12345678”… ahora sí… pero no.
“12345678_1”… acceso concedido.
El Día Mundial de la Contraseña existe, créalo o no. Se celebra el primer jueves de mayo desde 2013, impulsado por la industria tecnológica para recordarnos algo básico: que nuestras claves son la puerta de nuestra vida digital.
Es decir: que estamos cerrando la casa… pero dejando la llave puesta por fuera.
La idea nació de un libro de seguridad informática (sí, alguien leyó eso voluntariamente) y luego empresas como Intel decidieron oficializar el asunto para crear conciencia .
Conciencia que, por supuesto, no funciona, porque la contraseña más usada sigue siendo algo digno de jardín infantil: “123456”.
Un ser humano promedio puede manejar más de 200 credenciales distintas. !Doscientas!Por eso muchos terminan haciendo lo mismo: una contraseña base… y variaciones creativas que harían llorar a cualquier hacker profesional:
Y hay quién siente que está burlando al FBI.
El problema es que, según estudios, la mayoría de ataques exitosos no ocurren porque el hacker sea un genio, sino porque somos previsibles.
Es decir: El enemigo no está afuera. Está en “qwerty”.
Ahora, ¿cómo sobrevivir a este tsunami de claves sin terminar usando la cédula al revés?
Uno: no use la misma contraseña para todo.
Sí, ya sé que lo hace, pero, Es el equivalente digital de usar la misma llave para la casa, el carro y la caja fuerte.
Dos: Más larga gana.
Olvídese de símbolos raros tipo jeroglífico. Una frase larga es más segura que un Frankenstein de signos.
Tres: acepte su destino.
Va a olvidar contraseñas. Es parte de la condición humana contemporánea, como buscar el celular mientras lo tiene en la mano.
Y entonces uno termina en el ritual final:
“¿Olvidó su contraseña?”
Sí.
“Cree una nueva.”
Listo.
“La nueva contraseña no puede ser igual a las anteriores.”
Ahí es donde uno entiende la dimensión existencial de la ciberseguridad.
El Día Mundial de la Contraseña no celebra la seguridad.
sino, más bien la derrota. La derrota de la memoria, de la lógica y, sobre todo, de la confianza.
Nos vemos en la red (si logro entrar).
Arte sin prontuario
Hay escándalos que no nacen del hecho, sino de la incoherencia.
En el Quindío, algunos han decidido indignarse porque una obra de Rodrigo Arenas Betancourt vuelve a su lugar de origen. No por su calidad, no por su significado artístico, sino por quien la encargó hace muchos años: Carlos Lehder.
¿Puede una obra de arte quedar condenada a perpetuidad por el prontuario de quien la pagó?
Curiosamente, muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras han defendido la reintegración política de excombatientes, la segunda oportunidad como principio democrático, incluso la idea de que la sociedad no puede vivir anclada al castigo eterno – verbigracia las curules regaladas a las Farc-. Pero en este caso, esa convicción parece evaporarse. Entonces ya no hay reintegración posible. Ya no hay matices. Soloseñalamiento.
El problema de fondo no es la estatua. Es la doble moral.
Desde hace décadas, la teoría del arte ha insistido en separar la obra de su origen. Roland Barthes lo planteó con claridad al hablar de la “muerte del autor”: el sentido de una obra no está atado a la biografía, ni a las culpas, de quien la produjo o la financió. Theodor W. Adorno, por su parte, defendía la autonomía del arte frente a los juicios morales externos: cuando reducimos una obra a su contexto, dejamos de interpretarla y empezamos a censurarla.
La historia del arte, de hecho, está llena de zonas incómodas. Caravaggio fue un criminal. Richard Wagner un antisemita feroz. Y, sin embargo, sus obras siguen siendo estudiadas, interpretadas y admiradas. No porque se justifique su conducta, sino porque el valor artístico no se agota en la moral de sus protagonistas -ni de sus mecenas-.
Pretender que una escultura de Arenas Betancourt es, en sí misma, una exaltación del narcotráfico es una simplificación perversa. Es confundir origen con significado. Es asumir que el arte no puede transformarse, resignificarse, desprenderse de su contexto inicial.
Y eso es, en el fondo, negar la posibilidad misma de la cultura.
Porque si vamos por ese camino, tendríamos que revisar buena parte del patrimonio universal: obras financiadas por imperios, por iglesias corruptas, por élites cuestionables. ¡El arte no debe tener prontuario!
Aquí hay, además, una contradicción más profunda. Si la sociedad cree en la justicia restaurativa —en que alguien que ha pagado su deuda puede reinsertarse—, esa lógica no puede aplicarse de manera selectiva. No puede celebrarse en el escenario político y rechazarse en el cultural. No puede aplaudirse cuando produce votos, pero escandalizar cuando devuelve una escultura.
Porque entonces no estamos ante una postura ética. Estamos ante conveniencia moral.
La obra de Arenas Betancourt no es Lehder. Tampoco es su pasado. Es, hoy, un objeto cultural que debe ser leído desde el presente. Desde su valor estético, desde su lugar en la obra de uno de los escultores más importantes del país, desde su capacidad de generar conversación.
Y si incomoda, mejor.
Nos vemos en la red (0) y en la vía, frente a la escultura de Lennon.
El derecho a hablar, el deber de saber
Decía Heliodoro Otero –recientemente fallecido y una de esas voces nacionales que no necesitaban presentación- que llegar al micrófono en Colombia no era un asunto menor. Que había que saber. Que había que estudiar. Que incluso obtener la licencia de locución implicaba demostrar algo más que una buena voz: cultura general, conocimiento musical, dominio del idioma.
No era exageración: era el estándar.
Durante décadas, en Colombia nadie hablaba al aire simplemente porque sí. Existía una licencia de locución, un documento oficial que certificaba que quien se sentaba frente a un micrófono tenía las condiciones mínimas para hacerlo. No se trataba de un trámite simbólico, sino de un filtro. Tenerla era un trofeo y un orgullo.
El aspirante debía presentar exámenes ante el Estado: gramática castellana, dicción, vocalización, facilidad de expresión y hasta buena tonalidad y armonía. Pero no se quedaba ahí. También se exigían nociones de historia de la música, geografía universal y la correcta pronunciación de nombres propios de personas, lugares y compositores.
Es decir: no bastaba con sonar bien. Había que saber de qué se hablaba.
Además, el oficio estaba categorizado. No era lo mismo leer noticias que presentar música o hacer radioteatro. Cada tipo de locución exigía competencias distintas, y el Estado lo reconocía. Incluso se pedían certificados de estudio, de conducta y de salud.
Hoy, en tiempos donde cualquiera puede abrir un micrófono en radio, en streaming o en redes, ese modelo puede parecer excesivo. Y, sin embargo, deja una pregunta incómoda: ¿ganamos libertad o perdimos rigor?
Porque sí, la licencia desapareció con la Constitución de 1991. La locución dejó de ser regulada como requisito obligatorio y pasó a entenderse más como un oficio abierto. Y con ello, también se diluyó esa idea de que hablarle al país implicaba una preparación previa.
El Día del Locutor, que en Colombia se celebró el 24 de marzo, recuerda justamente eso: que la voz no es solo sonido, es mensaje.
Y ahí está el punto: preguntarse, antes de encender el micrófono, si realmente hay algo que valga la pena decir.
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Atajos en la ciencia
Esta columna retoma y comenta el artículo ‘How ‘Tiny Shortcuts’ Are Poisoning Science’, publicado en el MIT Press Reader, que advierte sobre un problema silencioso pero cada vez más grave en la ciencia: los “pequeños atajos” en la investigación científica.
La columna del MIT no habla de fraudes escandalosos ni de datos inventados —que también existen—, sino de algo más cotidiano: ajustar modelos, seleccionar variables, ampliar muestras o descartar casos hasta que los resultados encajen. Prácticas que, aisladas, parecen menores. Pero que, acumuladas, erosionan la credibilidad de la ciencia.
El punto es incómodo: el problema no es el error, es la intención de forzar conclusiones.
Durante décadas, la ciencia se legitimó como un proceso riguroso, capaz de corregirse a sí mismo. Pero hoy enfrenta una crisis distinta: la sospecha de que algunos resultados no reflejan la realidad, sino la presión por publicar, destacar o confirmar hipótesis propias. No es que la ciencia haya dejado de producir conocimiento, es que su confianza pública se ha debilitado.
Aquí aparece una zona gris. No todo ajuste es fraude. En muchos casos, modificar un diseño o ampliar datos puede ser válido si se reporta con transparencia. El problema surge cuando se oculta lo que no conviene, cuando solo se muestra el resultado “exitoso”. Ahí el atajo deja de ser técnico y se vuelve ético.
El riesgo no está en un estudio aislado, sino en el efecto acumulado: investigaciones difíciles de replicar, efectos que se reducen con el tiempo, conclusiones que pierden solidez. Y, sobre todo, una percepción creciente de que la ciencia puede estar sesgada.
Lo más preocupante es que estos atajos no requieren mala fe evidente. Basta con la presión del sistema: publicar más, lograr resultados significativos, competir por visibilidad. En ese contexto, el rigor puede ceder, casi sin que se note.
Por eso, la discusión no es solo metodológica, es de confianza.
Si la ciencia quiere recuperar su lugar, no necesita ser perfecta, pero sí más honesta: reconocer incertidumbres, mostrar procesos completos y diferenciar con claridad entre datos y opiniones. No es una tarea menor, pero es urgente.
Porque al final, el mayor riesgo no es equivocarse.
Es dejar de creer.
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Escuchar lo que queda
En medio del ruido contemporáneo,algorítmico, inmediato, muchas veces superficial, hay espacios donde la comunicación decide detenerse a escuchar. Uno de ellos es el encuentro académico que convoca AFACOM, que este año celebra su Congreso y el X Encuentro de Semilleros en la Universidad de Manizales.
No se trata de un evento menor. AFACOM, como articuladora de las facultades de comunicación del país, es uno de los espacios donde la academia se confronta: metodologías, apuestas teóricas, tensiones entre lo digital y lo humano. Bajo el lema de este año: la comunicación en la encrucijada digital, la discusión parece inevitable: inteligencia artificial, autenticidad y diversidad de discursos. Pero, paradójicamente, una de las apuestas más interesantes del encuentro no pasa por lo digital, sino por lo sensorial.
Allí participa el Semillero Común-mente,que tengo el honor de dirigir, con un proyecto que investiga desde el sonido. No desde el ruido mediático, sino desde el paisaje sonoro.
El semillero trabaja en la investigación titulada “Paisajes sonoros de las antiguas estaciones del ferrocarril en el Quindío: recuperación y construcción de memoria colectiva”, una apuesta que propone reconstruir cómo sonaban las estaciones del tren e identificar cómo suenan hoy esos mismos espacios. Como advirtió R. Murray Schafer, el paisaje sonoro del mundo está en permanente transformación; en ese tránsito no solo cambian los sonidos, también muchos desaparecen si no son escuchados y registrados a tiempo. De ahí la urgencia de documentarlos y convertirlos en memoria antes de que se diluyan en el ruido del presente.
Destaco tres elementos de la investigación.
Primero, la metodología.
El proyecto se construye desde la investigación-creación, articulada con mapas sonoros y caminatas de escucha (soundwalks). No es un tema técnico: es una postura epistemológica. Significa que el conocimiento no solo se escribe, también se compone, se graba, se edita. Que escuchar es una forma de investigar. Y que la creación no es un adorno del método, sino el método mismo.
Segundo, la rareza —y por eso mismo el valor— del objeto de estudio.
El paisaje sonoro sigue siendo marginal en los estudios de comunicación. Se habla de narrativas, de plataformas, de audiencias, pero poco de cómo suena un territorio. Menos aún de usar ese sonido como herramienta de investigación de campo.
Tercero, la memoria.
Del ferrocarril se ha hablado mucho: su arquitectura, su historia, sus locomotoras. Pero no hemos encontrado un estado de la cuestión amplio sobre cómo sonaban las estaciones. Y claro que, ahí también había vida: voces, pasos, comercio, espera, despedidas. El proyecto parte de una intuición: cuando desaparece un sistema como el tren, no solo se pierde infraestructura, también se pierde un mundo sonoro. Y con él, una forma de habitar el territorio. Recuperar esa memoria no es nostalgia. Es reconstrucción cultural.
El semillero está conformado por Anderson Correa, Saray Toro, Laura Agudelo,PaulinaEscobar, Camilo Quintero, Santiago Cuéllar, Alejandro Muñoz, Sebastián Molina y Juana Atehortúa. Jóvenes investigadores de Comunicación Social de la Uniquindío que, en lugar de repetir fórmulas, están explorando nuevas formas de producir conocimiento.
En tiempos donde la academia corre el riesgo de volverse autorreferencial o irrelevante, estos ejercicios recuerdan para qué investigamos: para comprender mejor lo que somos, incluso en aquello que ya no suena.
Nos vemos en la red (0).


