Descargue Carmesí

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Carmesí es un libro ilustrado de Microcuentos, disponible bajo licencia Creative Commons 4.0 (CC,BY) escrito por Jorge Urrea. Siéntase libre de Descargarlo y compartirlo

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Común-mente Episodio 1 - Temporada 1

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miércoles, 16 de abril de 2025

El Ritual de la luz

El pasado jueves 7 de marzo, la luz volvió a brillar en el interior del Teatro Román en Pijao. Tras décadas de abandono, el emblemático escenario de este maravilloso municipio del Quindío reabrió sus puertas, devolviendo a la comunidad un espacio que alguna vez fue el alma cultural del pueblo. No se trata solo de materiales de construcción –que también y aún falta mucho-, sino de la recuperación de un ritual, de una memoria colectiva que había permanecido en pausa desde el terremoto de 1999 y la llegada de las tecnologías digitales que desplazaron el cine en 35mm.

 

Asistir a una sala de cine no es solo ver una película. Es atravesar un umbral que nos separa de la cotidianidad, sumergirnos en la penumbra compartida de un auditorio donde la historia de la pantalla se entrelaza con la de quienes la observan. Así lo explica la teoría del cine como ritual de comunión y separación: primero abandonamos nuestro mundo exterior, luego nos sumimos en la experiencia colectiva de la proyección y finalmente regresamos transformados. Este ciclo, que en otros lugares sigue resistiendo la era del streaming, en Pijao había sido interrumpido por más de dos décadas. Hasta ahora.

 

El Teatro Román fue más que un cine. Durante mucho tiempo, sus butacas fueron testigo de romances juveniles, de reuniones familiares, de carcajadas y sustos compartidos. Don Gustavo Toro, su administrador y doliente de toda la vida, contó en el documental 'Cinema Nostalgia' de Angélica Aranda Toro que, en una de las proyecciones de las muy apreciadas películas de vaqueros, un espectador desenfundó su revólver y disparó contra la pantalla, respondiendo a las amenazas de los galanes cinematográficos. Una anécdota surreal comparable con la conmoción causada en la sala del Salón Indio del Gran Café de París, por el tren de los Lumiere. 

 

Además de proyectar películas en 35mm,el Teatro Román albergó conciertos, obras de teatro y encuentros sociales que crearon el tejido cultural de la comunidad. Luego vinieron los golpes de la historia: el sismo que resquebrajó su estructura y la violencia, que dejó suhuella en sus paredes. Lo que una vez fue un centro de diversión del pueblo se lo fue comiendo el polvo y los escombros.

 

La reapertura de este espacio es, en ese sentido, un acto de resiliencia y de reencuentro. No solo con el cine, sino con la posibilidad de experimentar juntos la magia de las artes. En un mundo donde la individualización del consumo audiovisual ha desdibujado la experiencia colectiva, recuperar un teatro es reivindicar la importancia de lo compartido. La Fundación del Toro, impulsora de esta restauración, lo entiende bien: además de devolverle la vida al edificio -que no es una casa adaptada, sino un espacio construido para ser un teatro a la italiana-, busca devolverle a Pijao un centro de expresión artística y cultural.

 

La luz que se encendió en el Teatro Román el pasado jueves fue más que el titilar de un proyector que desveló la película Mateo para una sala llena; es el reto de un grupo de personas que están convencidas de que la cultura necesita de la colectividad para existir. Y en Pijao, después de 25 años, ese ritual ha comenzado de nuevo.

 

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Con la plata de la Tv

El escándalo del "Concierto de la Esperanza" ha puesto en evidencia un problema estructural en la administración de los recursos de la televisión pública en Colombia, apropósito de que ‘cogieron’ los canales de centrales de medios e intermediarios logísticos. En un país donde la producción audiovisual recibe presupuestos ajustados, el Gobierno decidió gastar cerca de 4.000 millones de pesos en un evento de un solo día, disfrazado de iniciativa cultural, pero que en realidad parece un acto de propaganda política financiado con recursos de todos los colombianos.

 

El dato que más ha indignado es la desproporción en la asignación de los recursos: mientras el artista internacional Residente hubiera recibido más de 2.185 millones de pesos por su presentación, los artistas nacionales apenas habrían sido contemplados con un presupuesto irrisorio, menor al 4% de lo que se pagaría por el puertorriqueño. 

 

Este desprecio por el talento local no solo es indignante, sino que también refuerza la idea de que en Colombia la cultura solo es relevante cuando sirve a intereses políticos.

La televisión pública tiene una razón de ser clara en el presupuesto nacional: debe garantizar la difusión de contenidos educativos, culturales y periodísticos que refuercen la identidad y el debate público. Sin embargo, RTVC y su gerente, Hollman Morris, han optado por financiar eventos de alto costo, que no tienen relación alguna con la producción audiovisual, con la plata de la tv. 

 

En varios espacios mediáticos Morris salió a argumentar que ese dinero no se podía destinar para cubrir las necesidades del pueblo colombiano como salud, educación, etc, puesto que tiene destinación específica -argumento que comparto- sin embargo. Tampoco debería malgastarse en un evento que proporciona contenido para las pantallas y canales de RTVC por unas horas y nada más. Esto demuestra también desprecio por una industria que clama por recursos para ejecutar sus historias. ¿Cuántas series, documentales y programas unitarios se pueden hacer con casi 4 mil millones de pesos? Contenido que puede ser reemitido y compartido con otros canales de la televisión pública regional y que, como si fuera poco, podría ayudar a crecer las casas productoras audiovisuales nacionales y no a un mega empresario de eventos.  

 

No sorprende, entonces, que Residente haya decidido cancelar su presentación, declarando que no tenía suficiente información sobre el evento y que el dinero podría utilizarse para apoyar a los artistas colombianos.

 

Más allá del derroche, este episodio evidencia una estrategia politiquera y manipuladora de la cultura para fines ideológicos. La selección de Residente, un artista con posiciones alineadas con el Gobierno, y la defensa del evento por parte de Morris, quien acusó de "fascistas" a quienes criticaron el gasto, dejan claro que este concierto no es un simple evento cultural, sino un mitin disfrazado de espectáculo gratuito.

 

El mensaje detrás de esta decisión es claro: la televisión pública en Colombia no está al servicio del público, sino de la conveniencia política del Gobierno.

 

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De su propia medicina II

Durante décadas, la izquierda ha apropiado el ámbito cultural: el arte, la música, el humor y la narrativa histórica para modelar la percepción colectiva a su favor. 

 

Esta hegemonía les permitió posicionar sus discursos como verdades políticamente correctas, causando, incluso, vergüenza en quienes piensan diferente. Sin embargo, el panorama ha comenzado a cambiar. Las mismas herramientas que los progres utilizaron para consolidar su poder están siendo empleadas en su contra, y su reacción evidencia un temor profundo ante la erosión de su herramienta de control ideológico.

 

El caso de Retador es un ejemplo que bien ilustra esta transformación. Algunoscaricaturistas, como Matador, han ejercido un papel de castigadores modernos, utilizando el humor gráfico para ridiculizar a sus adversarios ideológicos con impunidad y sembrar su pensamiento de manera divertida. No obstante, Retador, valiéndose de las mismas armas,ha invertido la dinámica: ha replicado la estética y el impacto visual, pero con un mensaje alternativo -políticamente hablando-. Esto ha provocado una reacción furiosa de quienes, durante años, se regodearon en la burla sin admitir que el humor puede ser un arma de doble filo.

 

La pugna por la apropiación del espacio público ha seguido una trayectoria similar. Los murales que tradicionalmente han servido como vehículos de la narrativa de izquierda han sido contestados con intervenciones artísticas de signo contrario. El caso del mural “Las cuchas tienen razón”, y su posterior controversia en Medellín y Bogotá, revela hasta qué punto la izquierda ve el arte urbano como un territorio de su propiedad. Sin embargo, la reacción airada de los activistas de derecha tapando las mencionadas paredes con banderas de Colombia revela que este espacio tampoco está escriturado.

 

La música, otra de las trincheras históricas del progresismo, también ha sido escenario de esta disputa. Una serie de videos en ritmo urbano, atribuidos a Hannah Escobar (@missmelindres), han circulado en redes sociales y plataformas de mensajería. Estas piezas audiovisuales, que adoptan las narrativas y estéticas progresistas, denuncian la corrupción y las contradicciones del actual gobierno y han encontrado eco en un público que no se siente representado por el discurso oficialista. La respuesta ha sido predecible: ataques y censura por parte de quienes, irónicamente, se presentan como defensores de la diversidad de pensamiento.

 

En el ámbito digital, la batalla se intensifica. La izquierda ha cultivado una red de activistasque operan como amplificadores de su narrativa. Sin embargo, la aparición de varios influenciadores de derecha, que cada día ganan más espacios en las plataformas sociales, ha demostrado que esta estrategia ya no es exclusiva del progresismo. Muchos de estos creadores de contenido han controvertido, con datos y argumentos, la retórica de las bodegas oficialistas. 

 

Así pues, el terreno simbólico ya no le pertenece solo a un lado del espectro. La lógica gramsciana de la hegemonía cultural está siendo comprendida por quienes antes fueron indiferentes y ahora ven en ella un nuevo campo de batalla político, porque las plataformas digitales son la nueva plaza pública. 

 

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viernes, 28 de febrero de 2025

Metáfora Cinética

 


La estructura de la rueda se erige como un símbolo de la constante oscilación entre lo efímero y lo perdurable. Sus líneas convergentes, captadas desde un ángulo ascendente, evocan una sensación de infinitud, sugiriendo la paradoja de un movimiento detenido en el tiempo. La iluminación tricolor impregna la imagen de una dualidad entre artificio y emoción, donde la luz se convierte en un lenguaje cromático que dialoga con la nocturnidad del fondo, generando un contraste entre la materialidad del metal y la intangibilidad de la oscuridad.

El punto de vista oblicuo acentúa la monumentalidad de la estructura, transformando lo cotidiano en una construcción visual casi onírica. La composición, marcada por una tensión entre simetría y desequilibrio, refleja la inestabilidad inherente a la percepción humana: lo que parece fijo en el espacio está destinado al giro incesante. Esta imagen no es solo una captura de un objeto, sino una evocación del tiempo atrapado en una geometría lumínica, donde cada rayo de luz es un vestigio de energía proyectada hacia el vacío de la noche.

De su propia medicina I

 El campo de batalla en las elecciones que se avecinan en Colombia está cambiando de terreno. La cultura, que otrora fuera arma casi exclusiva de la izquierda, comienza a verse como una alternativa para la derecha. Este fenómeno no es nuevo, pero en la coyuntura actual adquiere una relevancia particular: la contienda política ya no se limita al ámbito electoral tradicional, sino que se traslada al espacio de la producción simbólica, a la disputa por la hegemonía cultural. Para entender esta transformación, es fundamental volver a Antonio Gramsci, el teórico marxista italiano que desarrolló el concepto de hegemonía cultural, piedra angular de lo que hoy conocemos como "batalla cultural".

 

Gramsci sostuvo que el poder no se mantiene solo a través de la coerción, sino mediante la construcción de un consenso social que naturaliza ciertas ideas y valores. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci argumenta que la hegemonía no es simplemente el dominio político o económico, sino el control de la cultura y el sentido común de la sociedad -si eso es así, ¿Quiénes mantienen la hegemonía en este momento? 

 

Para la izquierda gramsciana, la lucha política debía trascender las instituciones y penetrar en la esfera de la cultura, los medios de comunicación y la educación, estableciendo un marco de valores que hiciera innecesario el uso de la fuerza.

 

Durante décadas, este enfoque fue adoptado principalmente por movimientos progresistas que instrumentalizaron la cultura como un ‘vehículo para el cambio social’. Sin embargo, en los últimos años, sectores de la derecha han comenzado a apropiarse de esta estrategia, impulsando una contraofensiva ideológica que busca desmontar el predominio progresista en la academia, el arte y los medios de comunicación. Como muestra el caso argentino analizado por Ezequiel Saferstein y Pablo Stefanoni, las nuevas derechas han encontrado en la industria editorial y en las redes sociales un espacio clave para su intervención en la esfera pública, desarrollando una narrativa que se presenta como "antisistema" y "políticamente incorrecta. En otras palabras, se les da un poco de su propia medicina a los progres.

 

Este panorama nos lleva a preguntarnos cómo se manifestará la batalla cultural en Colombia en el contexto electoral que comienza anticipadamente. Si en el pasado el arte, la música y la producción audiovisual fueron aliados naturales de las causas de izquierda, hoy vemos cómo sectores de derecha buscan disputar ese terreno, apropiando una estética y un discurso de rebeldía contra lo que denominan "marxismo cultural" o "dictadura de lo políticamente correcto" -más de su propia medicina-.

 

En la próxima columna abordaré precisamente este fenómeno: el uso del arte y la cultura en la campaña electoral colombiana. En un país donde política ,música,cine y grafiti, se constituyen en vehículos simbólicos, ¿quién logrará imponerse en esta nueva disputa? 

 

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