Hay escándalos que no nacen del hecho, sino de la incoherencia.
En el Quindío, algunos han decidido indignarse porque una obra de Rodrigo Arenas Betancourt vuelve a su lugar de origen. No por su calidad, no por su significado artístico, sino por quien la encargó hace muchos años: Carlos Lehder.
¿Puede una obra de arte quedar condenada a perpetuidad por el prontuario de quien la pagó?
Curiosamente, muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras han defendido la reintegración política de excombatientes, la segunda oportunidad como principio democrático, incluso la idea de que la sociedad no puede vivir anclada al castigo eterno – verbigracia las curules regaladas a las Farc-. Pero en este caso, esa convicción parece evaporarse. Entonces ya no hay reintegración posible. Ya no hay matices. Soloseñalamiento.
El problema de fondo no es la estatua. Es la doble moral.
Desde hace décadas, la teoría del arte ha insistido en separar la obra de su origen. Roland Barthes lo planteó con claridad al hablar de la “muerte del autor”: el sentido de una obra no está atado a la biografía, ni a las culpas, de quien la produjo o la financió. Theodor W. Adorno, por su parte, defendía la autonomía del arte frente a los juicios morales externos: cuando reducimos una obra a su contexto, dejamos de interpretarla y empezamos a censurarla.
La historia del arte, de hecho, está llena de zonas incómodas. Caravaggio fue un criminal. Richard Wagner un antisemita feroz. Y, sin embargo, sus obras siguen siendo estudiadas, interpretadas y admiradas. No porque se justifique su conducta, sino porque el valor artístico no se agota en la moral de sus protagonistas -ni de sus mecenas-.
Pretender que una escultura de Arenas Betancourt es, en sí misma, una exaltación del narcotráfico es una simplificación perversa. Es confundir origen con significado. Es asumir que el arte no puede transformarse, resignificarse, desprenderse de su contexto inicial.
Y eso es, en el fondo, negar la posibilidad misma de la cultura.
Porque si vamos por ese camino, tendríamos que revisar buena parte del patrimonio universal: obras financiadas por imperios, por iglesias corruptas, por élites cuestionables. ¡El arte no debe tener prontuario!
Aquí hay, además, una contradicción más profunda. Si la sociedad cree en la justicia restaurativa —en que alguien que ha pagado su deuda puede reinsertarse—, esa lógica no puede aplicarse de manera selectiva. No puede celebrarse en el escenario político y rechazarse en el cultural. No puede aplaudirse cuando produce votos, pero escandalizar cuando devuelve una escultura.
Porque entonces no estamos ante una postura ética. Estamos ante conveniencia moral.
La obra de Arenas Betancourt no es Lehder. Tampoco es su pasado. Es, hoy, un objeto cultural que debe ser leído desde el presente. Desde su valor estético, desde su lugar en la obra de uno de los escultores más importantes del país, desde su capacidad de generar conversación.
Y si incomoda, mejor.
Nos vemos en la red (0) y en la vía, frente a la escultura de Lennon.

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