En medio del ruido contemporáneo,algorítmico, inmediato, muchas veces superficial, hay espacios donde la comunicación decide detenerse a escuchar. Uno de ellos es el encuentro académico que convoca AFACOM, que este año celebra su Congreso y el X Encuentro de Semilleros en la Universidad de Manizales.
No se trata de un evento menor. AFACOM, como articuladora de las facultades de comunicación del país, es uno de los espacios donde la academia se confronta: metodologías, apuestas teóricas, tensiones entre lo digital y lo humano. Bajo el lema de este año: la comunicación en la encrucijada digital, la discusión parece inevitable: inteligencia artificial, autenticidad y diversidad de discursos. Pero, paradójicamente, una de las apuestas más interesantes del encuentro no pasa por lo digital, sino por lo sensorial.
Allí participa el Semillero Común-mente,que tengo el honor de dirigir, con un proyecto que investiga desde el sonido. No desde el ruido mediático, sino desde el paisaje sonoro.
El semillero trabaja en la investigación titulada “Paisajes sonoros de las antiguas estaciones del ferrocarril en el Quindío: recuperación y construcción de memoria colectiva”, una apuesta que propone reconstruir cómo sonaban las estaciones del tren e identificar cómo suenan hoy esos mismos espacios. Como advirtió R. Murray Schafer, el paisaje sonoro del mundo está en permanente transformación; en ese tránsito no solo cambian los sonidos, también muchos desaparecen si no son escuchados y registrados a tiempo. De ahí la urgencia de documentarlos y convertirlos en memoria antes de que se diluyan en el ruido del presente.
Destaco tres elementos de la investigación.
Primero, la metodología.
El proyecto se construye desde la investigación-creación, articulada con mapas sonoros y caminatas de escucha (soundwalks). No es un tema técnico: es una postura epistemológica. Significa que el conocimiento no solo se escribe, también se compone, se graba, se edita. Que escuchar es una forma de investigar. Y que la creación no es un adorno del método, sino el método mismo.
Segundo, la rareza —y por eso mismo el valor— del objeto de estudio.
El paisaje sonoro sigue siendo marginal en los estudios de comunicación. Se habla de narrativas, de plataformas, de audiencias, pero poco de cómo suena un territorio. Menos aún de usar ese sonido como herramienta de investigación de campo.
Tercero, la memoria.
Del ferrocarril se ha hablado mucho: su arquitectura, su historia, sus locomotoras. Pero no hemos encontrado un estado de la cuestión amplio sobre cómo sonaban las estaciones. Y claro que, ahí también había vida: voces, pasos, comercio, espera, despedidas. El proyecto parte de una intuición: cuando desaparece un sistema como el tren, no solo se pierde infraestructura, también se pierde un mundo sonoro. Y con él, una forma de habitar el territorio. Recuperar esa memoria no es nostalgia. Es reconstrucción cultural.
El semillero está conformado por Anderson Correa, Saray Toro, Laura Agudelo,PaulinaEscobar, Camilo Quintero, Santiago Cuéllar, Alejandro Muñoz, Sebastián Molina y Juana Atehortúa. Jóvenes investigadores de Comunicación Social de la Uniquindío que, en lugar de repetir fórmulas, están explorando nuevas formas de producir conocimiento.
En tiempos donde la academia corre el riesgo de volverse autorreferencial o irrelevante, estos ejercicios recuerdan para qué investigamos: para comprender mejor lo que somos, incluso en aquello que ya no suena.
Nos vemos en la red (0).

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