La Universidad de Yale publicó hace unas semanas un informe incómodo y profundamente autocrítico sobre la pérdida de confianza en la educación superior. Y aunque fue escrito pensando en Estados Unidos, muchas de sus conclusiones parecen redactadas mirando cualquier campus latinoamericano.
El documento parte de la idea de que la universidad dejó de ser percibida como un lugar dedicado a crear y transmitir conocimiento. En el intento de ser todo al mismo tiempo: escenario político y moral, marca global y centro de entretenimiento terminó diluyendo su propósito esencial.
No es difícil darles la razón.
Durante años muchas universidades han confundido formación crítica con militancia permanente. Convertir cualquier discusión académica en una batalla ideológica no ha fortalecido el pensamiento crítico; más bien lo acota. A más activismo, menos tiempo para la academia.
El informe de Yale insiste en que la misión universitaria debe volver a centrarse en la enseñanza y la investigación. Esa -creo yo- es la discusión urgente: investigar más, investigar mejor y fortalecer la investigación formativa. Porque muchos estudiantes llegan hoy sabiendo consumir información, pero no necesariamente producir conocimiento.
Además, la propia IA está mostrando un límite importante, el internet muerto, en en perspectiva con las declaraciones de Altman el CEO de OpenAI son contundentes, el conocimiento enciclopédico de la IA ya se agotó, se requiere campo para renovarlo, y para eso se necesitan investigadores que salgan a recolectar datos.
Donde me distancio en el informe es en su propuesta de restringir drásticamente la tecnología en las aulas. Yale recomienda una política de “cero dispositivos”: sin celulares, portátiles o tabletas. La motivación es comprensible. Los profesores describen estudiantes físicamente presentes pero mentalmente atrapados en TikTok, WhatsApp y el scrollinfinito. -Confieso que me pasa y me decepciona- Tengo uno que lleva el computador y juega con control y todo en la clase. Pero prohibir la tecnología sería como intentar vaciarel océano con un balde.
La tarea universitaria no consiste en expulsar la tecnología del aula sino en enseñarle al estudiante a convivir críticamente con ella. Apropiarla, comprenderla, dominarla.
La inteligencia artificial y las plataformas digitales no son una moda pasajera: son el entorno en el que nuestros estudiantes van a vivir y trabajar.
El problema no es el computador abierto. El problema es una generación que nunca aprendió a concentrarse.
El informe toca otra herida: la caída de la exigencia académica. Muchos estudiantes llegan menos preparados para la frustración y con menor tolerancia al esfuerzo sostenido. Leer completo parece excesivo. Profundizar es castigo. Y escribir sin ChatGPT empieza a sentirse casi como una tortura.
Tal vez sí llegó la hora de aumentar nuevamente el grado de exigencia. No por nostalgia profesoral, sino porque el conocimiento serio sigue requiriendo tiempo, atención y disciplina. A mí personalmente me afecta. Mi estilo pedagógico parte de otra premisa: la de enseñar al que quiere aprender, de hacerlo con respeto y con amor, también con flexibilidad responsable. Pero los límites se están alcanzado.
Si el aula pierde la capacidad de formar personas capaces de concentrarse, argumentar y cuestionar, entonces el problema ya no será político. Será civilizatorio.
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