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martes, 19 de mayo de 2026

El derecho a hablar, el deber de saber

 Decía Heliodoro Otero –recientemente fallecido y una de esas voces nacionales que no necesitaban presentaciónque llegar al micrófono en Colombia no era un asunto menor. Que había que saber. Que había que estudiar. Que incluso obtener la licencia de locución implicaba demostrar algo más que una buena voz: cultura general, conocimiento musical, dominio del idioma.

 

No era exageración: era el estándar.

Durante décadas, en Colombia nadie hablaba al aire simplemente porque sí. Existía una licencia de locución, un documento oficial que certificaba que quien se sentaba frente a un micrófono tenía las condiciones mínimas para hacerlo. No se trataba de un trámite simbólico, sino de un filtro. Tenerla era un trofeo y un orgullo.

 

El aspirante debía presentar exámenes ante el Estado: gramática castellana, dicción, vocalización, facilidad de expresión y hasta buena tonalidad y armonía. Pero no se quedaba ahí. También se exigían nociones de historia de la música, geografía universal y la correcta pronunciación de nombres propios de personas, lugares y compositores.

Es decir: no bastaba con sonar bien. Había que saber de qué se hablaba.

 

Además, el oficio estaba categorizado. No era lo mismo leer noticias que presentar música o hacer radioteatro. Cada tipo de locución exigía competencias distintas, y el Estado lo reconocía. Incluso se pedían certificados de estudio, de conducta y de salud.

 

Hoy, en tiempos donde cualquiera puede abrir un micrófono en radio, en streaming o en redes, ese modelo puede parecer excesivo. Y, sin embargo, deja una pregunta incómoda: ¿ganamos libertad o perdimos rigor?

 

Porque sí, la licencia desapareció con la Constitución de 1991. La locución dejó de ser regulada como requisito obligatorio y pasó a entenderse más como un oficio abierto. Y con ello, también se diluyó esa idea de que hablarle al país implicaba una preparación previa.

 

El Día del Locutor, que en Colombia se celebró el 24 de marzo, recuerda justamente eso: que la voz no es solo sonido, es mensaje.

 

Y ahí está el punto: preguntarse, antes de encender el micrófono, si realmente hay algo que valga la pena decir.

Nos vemos en la red (0)

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